miércoles, 29 de abril de 2015

Unidad de los Cristianos.

Amados de Dios Padre y guardados para Jesucristo.  
A vosotros misericordia, paz y amor abundantes. -  Judas 2

"Pertenecemos al único cuerpo de Cristo."
Todos los realmente bautizados, Católicos o Protestantes, formamos la Iglesia que es el Único Cuerpo Signo e Instrumento de Cristo en el mundo. Imperfecto porque esta formado por hombres, pero Indefectible porque esta asistido por Dios. El Espíritu Santo nos une y desarrolla armónicamente hasta que lleguemos a la plenitud de Cristo.
El que hace la voluntad de Dios,  el amor a llegado a su plenitud en el. (yo añadiría "la adivina", pues no habrá de esperarse ha que Dios venga a decirle lo que el desea, como no lo hizo Cristo al cumplir plenamente su voluntad, la descubría a cada momento en los mismos acontecimientos.).}}

La Iglesia, familia de Dios
La Iglesia es una, ya que tiene un solo Señor, una sola fe, nace de un solo Bautismo, celebra en comunión el culto divino, especialmente los sacramentos, conserva una sucesión apostólica y existe para unir a toda la humanidad con Dios y entre sí[5]
Jesús fundó su Iglesia dotándola de una estructura, eligiendo a los Doce Apóstoles con Pedro como su Cabeza (cfr. Mc 3,14-16). El Papa, sucesor de san Pedro, es, por voluntad de Cristo principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles, como de la multitud de los fieles[7]


El amor que Dios nos tiene se ha manifestado en que envió al mundo a su hijo unigénito, para que vivamos por Él.


El amor consiste en esto: no en nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados. 
Notese bien: Él nos amó primero, pero esto no excluye que nosotros debamos corresponder a su amor, al contrario, si El nos amo primero fue para incitarnornos a que nosotros lo amaramos después, puesto que por su propia naturaleza el amor es de dos y solo llega a su perfección cuando es correspondido, o mas propiamente cuando ambos entran en el proceso siempre creciente de mutua donación .


Cuando un Papa Comprende Luther


"¿Cómo puedo obtener un Dios propicio?" Esta es la pregunta que atormentó a Lutero.
Con el concepto de "solo por gracia"nos recuerda que Dios siempre toma la iniciativa, antes de cualquier respuesta humanaasí como él busca despertar esa respuesta. La doctrina de la justificación de este modo expresa la esencia de la existencia humana delante de Dios. "Especialmente en el protestantismo moderno hay muchos que no han entendido a Martin Luther, así como que esta declaración seguramente también nos recuerda, que Jesucristo es el único camino para la salvación.
 En efecto, la cuestión de una relación justa con Dios es la cuestión decisiva para nuestras vidas. Como sabemos, Lutero encontró un Dios propicio en la Buena Nueva de Jesús, encarnado, muerto y resucitado.


Un motivo de esperanza
Comentario a la Declaración conjunta católico-luterana sobre la doctrina de la justificación
Mons. Walter KASPER
Secretario del Consejo pontificio
para la promoción
de la unidad de los cristianos


El despertar ecuménico
El siglo XX, además de ser recordado por sus numerosos acontecimientos terribles, pasará a la historia como el siglo del despertar ecuménico. El fenómeno comenzó con la constatación, en los países de misión, de que la credibilidad del cristianismo corría peligro si los cristianos seguían divididos entre sí. Ese problema asumió una importancia aún mayor en el marco de la situación ecuménica del viejo continente, Europa, donde las controversias religiosas y las diferencias confesionales habían provocado una notable erosión de la fe. Así pues, con razón la reciente Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos dio gran relieve a las cuestiones ecuménicas.
En el año 1910, en el ámbito de las Iglesias protestantes, la preocupación por no perjudicar la credibilidad del cristianismo llevó a convocar la primera Conferencia mundial sobre la misión. En esa Conferencia, los pioneros que se dedicaron al ecumenismo, después de la pérdida de la unidad que se produjo en el siglo XVI, pudieron reflexionar sobre los modos de superar la división de la cristiandad. Durante muchos decenios la Iglesia católica consideró esta problemática con cierto escepticismo. Antes del concilio Vaticano II (1962-1965), la Iglesia católica buscaba el restablecimiento de la unidad de los cristianos exclusivamente como «un regreso de nuestros hermanos separados a la verdadera Iglesia de Cristo (...), de la que lamentablemente se habían alejado en otro tiempo», como dijo Pío XI en su encíclica Mortalium animos de 1928.
El concilio Vaticano II llevó a cabo un cambio radical. Reconoció una responsabilidad de la Iglesia católica en la división de los cristianos y subrayó que el restablecimiento de la unidad suponía la conversión de unos y otros al Señor. En lugar del antiguo concepto del ecumenismo de «regreso», hoy domina el de un itinerario común, que orienta a los cristianos hacia la meta de la comunión eclesial, entendida como una unidad en la diversidad reconciliada.
En el período posconciliar, la cuestión de la unidad de los cristianos ha resultado cada vez más urgente. Hoy se puede viajar de Francfort a cualquier ciudad de Europa en menos de cuatro horas; la movilidad humana es un fenómeno en expansión. Las fronteras nacionales ya no tienen como función separar. Al contrario, las diferencias religiosas mantienen un potencial peligroso, capaz de desencadenar conflictos cuando grupos de fanáticos o algunos alborotadores aislados se aprovechan de ellas para perseguir sus intereses nacionales, políticos o económicos, suscitando enfrentamientos entre poblaciones enteras. Al respecto, basta mirar lo que ha sucedido en Yugoslavia o Irlanda del norte, o contemplar la situación a la que se ha llegado en algunos países del bloque oriental, para encontrar ejemplos trágicos, que deberían ponernos alerta.
Sin embargo, la razón profunda del compromiso de la Iglesia católica en favor de la unidad de los cristianos no se ha de buscar en estas consideraciones pragmáticas, sino en la convicción de que, con su división, los cristianos impiden alcanzar lo que es voluntad del Señor. En la víspera de su pasión, Jesús oró al Padre pidiendo «que todos sean uno (...) para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Estas palabras del Señor, pronunciadas en la víspera de su pasión y muerte, constituyen su última voluntad y su testamento. Como tales, obligan inequívocamente a todo cristiano y a la Iglesia en su conjunto. Ser católico y ser ecuménico no son dimensiones opuestas entre sí, sino las dos caras de la misma medalla.
Un consenso diferenciado sobre la doctrina de la justificación
Desde el concilio Vaticano II, la Iglesia católica inició un diálogo con casi todas las Iglesias y comunidades eclesiales, tanto en Oriente como en Occidente. El diálogo oficial con las Iglesias luteranas comenzó inmediatamente después del Concilio. En estos años ha logrado resultados significativos, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como en el de las Iglesias particulares. Ya desde el principio, el éxito más notable se consiguió mediante el estudio de la doctrina de la justificación, es decir, el tema que había llevado a la ruptura de la comunión en el siglo XVI. Para Martín Lutero, de acuerdo con esa enseñanza la Iglesia «está en pie o cae» («steht und fällt»).
Lutero consideraba que la justificación no era sólo una cuestión teórica, sino esencialmente existencial. Se preguntaba: «¿Cómo encontrar a un Dios misericordioso? ¿Cómo encontrar en mí la paz y la serenidad?». Lutero debió experimentar que, por más que se esforzara en realizar obras buenas, no lograba alcanzar la paz interior. Eso lo llevó casi a la desesperación. Por último, a través del estudio de la sagrada Escritura, y especialmente de la carta de san Pablo a los Romanos, hizo una experiencia profunda. Descubrió que san Pablo, cuando hablaba de la justicia de Dios, no quería afirmar que Dios nos considera justos porque nos hemos justificado por nuestras buenas obras, sino porque él nos acepta como pecadores. No se trata de nuestra justicia, sino de la justicia de Dios, justicia que Dios nos da por los méritos de Cristo, sin nuestra colaboración, sólo por gracia y sólo por fe («sola gratia, sola fide»).
El concilio de Trento no pudo aceptar esa doctrina, tal como se entendía en ese tiempo. Ciertamente, también Trento condenó la doctrina pelagiana, según la cual una persona puede justificarse a sí misma mediante las buenas obras. Con todo, ese concilio concluyó que podemos cooperar a nuestra justificación, no con nuestras propias fuerzas, sino porque la gracia nos inspira y nos capacita para hacerlo. Además, el concilio de Trento quería poner de relieve que Dios no sólo nos declara justos, sino que también nos hace justos; que nos santifica y, sin mérito por nuestra parte, nos renueva, de modo que, por medio de la gracia -como afirman las sagradas Escrituras- somos una nueva criatura. Por consiguiente, debemos vivir como nueva criatura. La fe debe hacerse efectiva en el amor y en las obras de caridad.
Durante cuatrocientos años esta doctrina nos ha separado. La división entre nosotros no era provocada por motivos superficiales, sino por un modo diverso de entender el núcleo mismo de la buena nueva de nuestra salvación. Sólo en su rechazo común del sistema inhumano del nazismo, en los bunkers de la segunda guerra mundial y en los campos de concentración, muchos cristianos católicos y evangélicos entendieron que no estaban tan alejados unos de otros como parecía. Comprendieron que era más lo que los unía que lo que los separaba.
Después de 1945, el movimiento ecuménico y la teología ecuménica pudieron aprovechar esas experiencias. En este marco, deberíamos recordar la larga lista de teólogos, católicos y evangélicos, que prepararon el camino de entendimiento entre nuestras Iglesias. Investigaron de nuevo, pero esta vez juntos, el testimonio de la sagrada Escritura y estudiaron nuestra tradición común, los Padres de la Iglesia. Consideraron atentamente la historia de la Reforma, los escritos de Lutero y el concilio de Trento, llegando a menudo a las mismas conclusiones. Lo que nos acercó no fueron acomodaciones fáciles, o una actitud falsa de conciliación o liberalismo, sino una vuelta común a las fuentes de nuestra fe.
Así, el diálogo ecuménico oficial, comenzado después del Concilio, pudo aprovechar los resultados de la investigación teológica anterior. Ya el primer documento de la Comisión mixta internacional católico-luterana, conocido como Relación de Malta (1971), mostró que se había alcanzado un amplio consenso sobre la doctrina de la justificación. La cuestión fue examinada de nuevo en el diálogo católico-luterano a nivel nacional, en Estados Unidos, en el documento preparado el año 1985, que se titula: Justificación por la fe, en el que se llegó al mismo resultado logrado con la Relación de Malta. Por último, el tema de la justificación se afrontó después de la visita del Papa Juan Pablo II a Alemania, en el ámbito de un estudio que analizó todas las condenas doctrinales del siglo XVI. Los resultados del diálogo católico-evangélico a nivel alemán fueron publicados en 1986 en un libro titulado: «Lehrverurteilungenkirchentrennend?», en el que se concluía también que hoy estas cuestiones no separan ya a las Iglesias.
Así pues, lo que afirma la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, firmada solemnemente en Augsburgo el 31 de octubre del año pasado, no es algo que llueve del cíelo de forma repentina. El documento fue preparado a lo largo de decenios mediante un diálogo teológico y ecuménico realizado por especialistas. Sin embargo, con la Declaración conjunta se alcanzó un nuevo nivel de calidad. Los resultados de los diálogos anteriores se podían considerar logros de los teólogos directamente implicados en la investigación y de comisiones que no representaban oficialmente a las Iglesias a las que pertenecían. Por tanto, había llegado el momento en que las mismas Iglesias, después de esa preparación, debían asumir la discusión de la cuestión y proseguir el diálogo. Entonces la Federación luterana mundial y el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos decidieron tratar de llegar a la redacción de una «Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación».
Fue necesario preparar varios proyectos de ese documento, para los cuales, cada vez, tanto por parte católica como por parte luterana, se comunicaban las peticiones de enmiendas. En 1997 se llegó ala redacción final de la Declaración, que fue presentada para su examen a las autoridades de ambas Comuniones, es decir, a los sínodos de las diversas Iglesias luteranas y, por parte de la Iglesia católica a la Congregación para la doctrina de la fe y el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. También en esta fase, el texto fue objeto de una discusión muy intensa. Por parte luterana, a pesar de muchas objeciones que se suscitaron, se llegó a un gran consenso sobre la Declaración. Por cuanto se refiere a la Iglesia católica, la afirmación de que la Declaración había puesto de manifiesto un acuerdo fundamental iba acompañada de una precisión: con respecto a algunos temas abordados en el documento, no se podía decir que expresaba un auténtico consenso. Eso se refería sobre todo a la expresión luterana según la cual la persona es justificada y pecadora al mismo tiempo («simul iustus et peccator») y a la cuestión de la cooperación de la persona en la justificación. Además, no estaba clara la cuestión de cómo se debía situar la justificación en el conjunto de los datos de la fe. Según Lutero, la doctrina de la justificación no es una verdad de fe como las demás, sino el centro y el criterio en torno al cual se articulan todas las demás verdades. Los católicos mantenemos firmemente que es un criterio indispensable, pero vinculado al conjunto de la profesión de fe trinitaria y cristológica.
Estas objeciones de parte católica provocaron una gran desilusión. Muchos no las interpretaron como un consenso diferenciado, sino como un disenso diferenciado y como un retroceso del diálogo ecuménico, con el que se perdían años de esfuerzos. Por este motivo, se tomó la decisión de aclarar las cuestiones controvertidas en un documento, que se llamó Anexo, en el que se confirman algunas de las afirmaciones de la Declaración común. Más en concreto:
1. Que existe un acuerdo fundamental sobre la doctrina de la justificación. Evidentemente, persisten aún sobre el tema algunas cuestiones abiertas que se deberán examinar más adelante. Sin embargo, las diferencias no anulan la base común que se ha alcanzado sobre la comprensión de esa doctrina. Por eso se trata también de un consenso diferenciado.
2. Además, sobre la base del modo como se entiende la doctrina de la justificación en la Declaración conjunta, las condenas recíprocas del siglo XVI relativas a esa doctrina no se aplican ya hoy ni a católicos ni a luteranos.
Todo ello no menoscaba en absoluto el valor del concilio de Trento, que para los católicos sigue siendo válido. La Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación y el correspondiente Anexo pretenden explicitar oficialmente el modo según el cual esa doctrina se debe interpretar hoy y evidenciar al mismo tiempo que la doctrina de Lutero, si se entiende en el sentido de la Declaración conjunta, ya no es causa de conflicto capaz de dividir a la Iglesia. Es decir, no se trata de dos posturas de por sí irreconciliablessino de dos enfoques y dos acentuaciones complementarios.
Por parte católica, estas confirmaciones del Documento fueron aprobadas por la Congregación para la doctrina de la fe y por el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, y recibieron el visto bueno del Santo Padre. El 31 de octubre del año pasado, Juan Pablo II, antes de rezar el Ángelus, reafirmó su apoyo y su complacencia por la ratificación de la Declaración común, que tuvo lugar precisamente ese día en Augsburgo.
La ratificación de la Declaración realizada en Augsburgo fue mucho más que un acontecimiento formal y protocolario. Se trató de una fiesta, que asumió al inicio una connotación litúrgica. En efecto, queríamos ante todo dar gracias al Señor por habernos permitido dar un paso tan importante en el camino hacia la unidad de los cristianos.
Por este motivo, fue muy significativo que el acto de ratificación se realizara en la iglesia luterana de Santa Ana, en el mismo lugar donde se había celebrado, el año 1518, la disputatio entre Lutero y el cardenal Cayetano, en la ciudad en donde había tenido lugar en 1530 la Dieta que afirmó la posición luterana y llevó a la redacción de la Confessio augustana, que constituye el documento confesional fundamental del luteranismo. En la iglesia de Santa Ana, Lutero y el cardenal Cayetano habían tratado una vez más de evitar la división y llegar a un acuerdo, pero el intento fracasó rápidamente. Hoy, después de 470 años, gracias a Dios, hemos podido dar un paso que nos ha acercado a esa meta, que entonces no se alcanzó.
Debemos preguntarnos cuál es el significado del acuerdo realizado con la firma de la Declaración conjunta. Significa que los católicos y los luteranos pueden dar testimonio común de lo que es para ellos el núcleo de la fe; y que este testimonio común nos permite entrar juntos en un nuevo siglo y en un nuevo milenio. Nuestro mundo, cada vez más secularizado, necesita nuestro testimonio común.
Tampoco debemos desalentarnos al pensar en la distancia que aún nos separa de la meta. Si es verdad que la Declaración conjunta es un paso importante hacia la unidad, también es verdad que no hemos logrado aún nuestro objetivo. La Declaración tiene su importancia, pero no excluye sus límites. Su grandeza consiste en que no pretende ocultar esos límites. El documento trata abiertamente de las cuestiones que todavía nos separan y que tenemos la responsabilidad de afrontar. Con la firma de ese documento hemos alcanzado una piedra miliar, pero no hemos llegado al final del caminoLa plena unidad visible de los cristianos y su comunión aún no se ha realizado.




3. NOVEMBER 2016   REDAKTIONÖKUMENE UND INTERRELIGIÖSER DIALOG
 Cardinal Reinhard Marx
Catholic Church England And Wales - Mazur/Catholicnews.Org.Uk

Kardinal Reinhard Marx hat anlässlich des Reformationsgedenkens an den gemeinsamen christlichen Sendungsauftrag erinnert. Dazu gehöre zum einen „der ökumenische Auftrag, aufeinander zuzugehen, gerade auch in Deutschland mitzuwirken an der sichtbaren Einheit der Christen“, und zum anderen, gemeinsam zu bezeugen, „dass das Reich Gottes mitten unter uns ist“, so der Erzbischof von München und Freising am Allerseelentag, 2. November, im Münchner Liebfrauendom. Es müsse deutlich werden, dass das „Reich Gottes nicht neutral ist gegenüber gesellschaftlichen und politischen Verhältnissen: Es bringt neue Hoffnung in eine Welt der Angst hinein und tritt Aggression und Hass entgegen“, sagte Marx beim Requiem für die verstorbenen Bischöfe und Erzbischöfe des alten Bistums Freising und der Erzdiözese München und Freising.

Katholische und evangelische Christen seien „in manchem getrennt, aber nicht gespalten“, betonte Kardinal Marx: „Wir gehören zum einen Leib Christi.“ So sehr auch manches auf den ersten Blick unterschiedlich erscheine, so teilten doch alle Christen den Grundauftrag, „das Reich Gottes und die christliche Hoffnung in dieser Gesellschaft zu bezeugen“. Es gelte, gemeinsam spürbar zu machen, dass „Gott existiert: Ohne diese neue Wirklichkeit ist unsere Welt arm und kreist nur um sich selbst“.


Nach Ansicht von Kardinal Marx verbindet den Begriff der Barmherzigkeit, der im vom Papst Franziskus ausgerufenen Heiligen Jahr im Mittelpunkt steht, mit der Rechtfertigungslehre der grundlegende Gedanken, „dass Gottes Gnade auf uns zukommt: Er kommt in seiner Liebe auf uns zu, er überschüttet uns mit seiner Liebe und schafft so eine neue Wirklichkeit“, erklärte Marx: „Wenn einer in Christus ist, dann ist er eine neue Schöpfung – das bedeuten im Tiefsten Rechtfertigung und Barmherzigkeit.“ So schließe sich das nun beginnende Reformationsgedenken gewissermaßen auch an das bald zu Ende gehende Heilige Jahr der Barmherzigkeit an.


"En muchas aisladas, pero sin cortar"
El cardenal Marx llama marcado conmemoración Reforma al testimonio cristiano común sobre

DIÁLOGO INTERRELIGIOSO y religioso 3 de noviembre de 2016REDAKTIONÖKUMENE Y
 El cardenal Reinhard Marx
Iglesia Católica de Inglaterra y Gales - Mazur / Catholicnews.Org.Uk

El cardenal Reinhard Marx recordó que marca la conmemoración Reforma de la misión cristiana común. Estos incluyen, por una "orden ecuménico visita a unos de otros, participan sobre todo en Alemania a la unidad visible de los cristianos", y en segundo lugar, para presenciar juntos ", que el reino de Dios está entre nosotros", el arzobispo de Munich y freising de Todos los Santos 2 de noviembre, en el Munich Frauenkirche. Debe quedar claro que el "reino de Dios no es neutral es relativa a las condiciones sociales y políticas: Trae una nueva esperanza en un mundo de miedo y entra en la agresión y el odio en contra", dijo Marx en el réquiem de los obispos fallecidos y arzobispos de la antigua diócesis Freising y la Arquidiócesis de Munich y Freising.

Los cristianos Católicos y protestantes  "fueron aislados en muchos, pero no divididos", subrayó el cardenal Marx: "Pertenecemos al único cuerpo de Cristo." Por mucho que algunos parecen diferentes a primera vista, pero todos los cristianos "compartimos en el orden básico,  Es importante hacer notar que de manera conjunta  El Reino Dios y los cristianos esperan en esta sociedad a declarar ". "Dios existe y sin esta nueva realidad, nuestro mundo es pobre y gira en torno a sí mismo".


Según el cardenal Marx combina el concepto de misericordia, está en proclamada por Francisco Año Santo en el centro, con la doctrina de la justificación de las ideas básicas, "que Dios pertenece piedad de nosotros: venga en su amor para con nosotros, él nos colmó con su amor y así crea una nueva realidad, "dijo Marx," Si uno está en Cristo, es una nueva creación - la media en la justificación y la piedad más profunda ", por lo enfrentan a la venida conmemoración Reforma estrecha en cierta medida también para los que pronto. terminar yendo a año Santo de la misericordia. (Ck)



GEMEINSAME ERKLÄRUNG
anlässlich des gemeinsamen katholisch-lutherischen Reformationsgedenkens
Lund, 31. Oktober 2016

Papst Francisco und Bischof Munib Yunan der Präsident des Lutherischen Weltbundes unterzeichneten eine gemeinsame am Ende des gemeinsamen Gebet gehalten in Lund lutherischen Kathedrale am ersten Tag des Besuchs des Pontifex nach Schweden Erklärung.

"Wir fordern alle Gemeinden und lutherischen und katholischen Gemeinden mutig, kreativ zu sein, glücklich und haben Hoffnung in ihrem Engagement für die große Reise vor uns fortzusetzen", sagt der Text.

Dann wird der vollständige Wortlaut der Erklärung:


Bleibt in mir, dann bleibe ich in euch. Wie die Rebe aus sich keine Frucht bringen kann, sondern nur, wenn sie am Weinstock bleibt, so könnt auch ihr keine Frucht bringen, wenn ihr nicht in mir bleibt« (Joh 15,4).
Mit dankbaren Herzen
Mit dieser Gemeinsamen Erklärung bringen wir Gott unsere frohe Dankbarkeit für diesen Augenblick des gemeinsamen Gebets in der Kathedrale von Lund zum Ausdruck und beginnen damit das Gedenken an 500 Jahre Reformation. 50 Jahre ununterbrochener und fruchtbarer ökumenischer Dialog zwischen Katholiken und Lutheranern haben uns geholfen, viele Unterschiede zu überwinden, und haben unser gegenseitiges Verständnis und Vertrauen vertieft. Gleichzeitig sind wir einander durch gemeinsame Dienste an unseren Mitmenschen, oft in Situationen von Leid und Verfolgung, nähergekommen. Durch Dialog und gemeinsames Zeugnis sind wir nicht länger Fremde. Vielmehr haben wir gelernt, dass das uns Verbindende größer ist als das Trennende.
Vom Konflikt zur Gemeinschaft
Während wir eine tiefe Dankbarkeit empfinden für die geistlichen und theologischen Gaben, die wir durch die Reformation empfangen haben, bekennen und beklagen wir vor Christus zugleich, dass Lutheraner und Katholiken die sichtbare Einheit der Kirche verwundet haben. Theologische Unterschiede wurden von Vorurteilen und Konflikten begleitet und Religion wurde für politische Ziele instrumentalisiert. Unser gemeinsamer Glaube an Jesus Christus und unsere Taufe verlangen von uns eine tägliche Umkehr, durch die wir die historischen Meinungsverschiedenheiten und Konflikte, die den Dienst der Versöhnung behindern, ablegen. Während die Vergangenheit nicht verändert werden kann, kann das, woran man sich erinnert und wie man sich erinnert, verwandelt werden. Wir beten um die Heilung unserer Wunden und Erinnerungen, die den Blick aufeinander verdunkeln. Nachdrücklich lehnen wir allen vergangenen und gegenwärtigen Hass und alle Gewalt ab, besonders jene im Namen der Religion. Wir hören heute Gottes Gebot, jeden Konflikt beizulegen. Wir erkennen, dass wir durch Gnade befreit sind, uns zur Gemeinschaft hin zu begeben, zu der Gott uns beständig ruft.
Unsere Verpflichtung zum gemeinsamen Zeugnis
Da wir diese Begebenheiten der Geschichte, die uns belasten, hinter uns lassen, verpflichten wir uns, gemeinsam Gottes barmherzige Gnade zu bezeugen, die im gekreuzigten und auferstandenen Christus sichtbar geworden ist. Im Bewusstsein, dass die Art und Weise, wie wir miteinander in Beziehung treten, unser Zeugnis für das Evangelium prägt, verpflichten wir uns selbst, in der Gemeinschaft, die in der Taufe wurzelt, weiter zu wachsen, indem wir uns bemühen, die verbleibenden Hindernisse zu beseitigen, die uns davon abhalten, die volle Einheit zu erlangen. Christus will, dass wir eins sind, damit die Welt glaubt (vgl. Joh 17,21).        
Viele Mitglieder unserer Gemeinschaften sehnen sich danach, die Eucharistie in einem Mahl zu empfangen als konkreten Ausdruck der vollen Einheit. Wir erfahren den Schmerz all derer, die ihr ganzes Leben teilen, aber Gottes erlösende Gegenwart im eucharistischen Mahl nicht teilen können. Wir erkennen unsere gemeinsame pastorale Verantwortung, dem geistlichen Hunger und Durst unserer Menschen, eins zu sein in Christus, zu begegnen. Wir sehnen uns danach, dass diese Wunde im Leib Christi geheilt wird. Dies ist das Ziel unserer ökumenischen Bemühungen. Wir wünschen, dass sie voranschreiten, auch indem wir unseren Einsatz im theologischen Dialog erneuern.
Wir beten zu Gott, dass Katholiken und Lutheraner fähig sein werden, gemeinsam das Evangelium Jesu Christi zu bezeugen, indem sie die Menschheit einladen, die gute Nachricht von Gottes Heilshandeln zu hören und zu empfangen. Wir bitten Gott um Eingebung, Ermutigung und Kraft, damit wir zusammenstehen können im Dienst und so für die Würde und die Rechte des Menschen, besonders der Armen, eintreten, für die Gerechtigkeit arbeiten und alle Formen von Gewalt zurückweisen. Gott fordert uns auf, all denen nahe zu sein, die sich nach Würde, Gerechtigkeit, Frieden und Versöhnung sehnen. In besonderer Weise erheben wir heute unsere Stimme für ein Ende der Gewalt und des Extremismus, die so viele Länder und Gemeinschaften sowie unzählige Schwestern und Brüder in Christus betreffen. Wir bitten dringend, dass Lutheraner und Katholiken zusammenarbeiten, um den Fremden aufzunehmen, denen zu Hilfe zu kommen, die wegen Krieg und Verfolgung gezwungen waren zu fliehen, und die Rechte der Flüchtlinge und der Asylsuchenden zu verteidigen.
Mehr als je zuvor stellen wir fest, dass unser gemeinsamer Dienst in dieser Welt sich auf Gottes Schöpfung erstrecken muss, die durch Ausbeutung und die Auswirkungen einer unersättlichen Gier in Mitleidenschaft gezogen wird. Wir anerkennen das Recht der zukünftigen Generationen, sich an Gottes Erde in all ihrem Reichtum und all ihrer Schönheit zu erfreuen. Wir bitten um einen Wandel der Herzen und der Sinne, der uns zu einer liebevollen und verantwortlichen Art und Weise der Sorge für die Schöpfung führt.
Eins in Christus
Bei diesem glücklichen Anlass bekunden wir unsere Dankbarkeit gegenüber den Brüdern und Schwestern, die die verschiedenen christlichen Weltgemeinschaften und -vereinigungen vertreten, die anwesend sind und sich im Gebet mit uns verbinden. Wenn wir uns wieder verpflichten, uns vom Konflikt zur Gemeinschaft zu bewegen, tun wir das als Teil des einen Leibes Christi, in den wir alle durch die Taufe eingegliedert worden sind. Wir fordern unsere ökumenischen Partner auf, uns an unsere Verpflichtungen zu erinnern und uns zu ermutigen. Wir bitten sie, weiter für uns zu beten, mit uns zu gehen und uns dabei zu unterstützen, unser durchbetetes Engagement, das wir täglich zu erkennen geben, lebendig werden zu lassen.
Aufruf an Katholiken und Lutheraner weltweit
Wir wenden uns an alle lutherischen und katholischen Gemeinden und Gemeinschaften, unerschrocken und schöpferisch, freudig und hoffnungsvoll bezüglich ihres Vorsatzes zu sein, die große Reise, die vor uns liegt, fortzusetzen. Mehr als die Konflikte der Vergangenheit wird Gottes Gabe der Einheit unter uns die Zusammenarbeit leiten und unsere Solidarität vertiefen. Indem wir uns im Glauben an Christus näher kommen, indem wir miteinander beten, indem wir aufeinander hören und Christi Liebe in unseren Beziehungen leben, öffnen wir uns, Katholiken und Lutheraner, der Macht des Dreieinen Gottes. In Christus verwurzelt und ihn bezeugend erneuen wir unsere Entscheidung, treue Boten von Gottes grenzenloser Liebe für die ganze Menschheit zu sein.



El Papa Francisco y el Obispo Munib Yunan, Presidente de la Federación Mundial Luterana firmaron una declaración conjunta al término de la oración conjunta que celebraron en la catedral luterana de Lund el primer día de la visita del Pontífice a Suecia.
“Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros”, dice el texto.

A continuación, el texto completo de la Declaración:
Han pasado 500 años del manifiesto de las 95 tesis de Martin Lutero en Wittenberg. En el 2017 las iglesias luterana y católica, por primera vez, celebran juntas la memoria de la Reforma y dan así un testimonio importante en el diálogo ecuménico.
Los esfuerzos de las dos partes para una exacta comprensión teológica y una mayor cooperación en las actividades sociales y caritativas han profundizado en los últimos años la confianza ecuménica recíproca hasta el punto que una celebración común de la “fiesta de Cristo” se ha hecho posible.
En esta entrevista con ZENIT, Jens-Martin Kruse, pastor de la comunidad cristiana evangélica-luterana de Roma, habla sobre el viaje del papa Francisco a Suecia y sobre la importancia del ecumenismo y las actividades de su comunidad en el ámbito de la memoria de la reforma.
Durante la rueda de prensa en el avión de regreso de Armenia, el papa Francisco respondió a una pregunta sobre la reforma. “Creo que las intenciones de Martín Lutero no eran equivocadas, era un reformador” […] ¿Le sorprendió la franqueza del papa en esta respuesta?— Jens-Martin Kruse: El periodista Tilmann Kleinhung, que hizo al Papa esta pregunta, es miembro de nuestra comunidad, por lo tanto, este punto era particularmente importante para él. La respuesta del papa Francisco debe ser enmarcada en un ámbito más amplio. Cuando el Papa nos visitó el 15 de noviembre de 2015, realizó una predicación libre. Si se lee el texto de la predicación publicada en la página web del Vaticano, el texto que tenía preparado previamente, se ve que ya ha sido formulada una nueva comprensión de Martin Lutero. Allí decía: “Me parece también fundamental que la Iglesia católica lleve adelante con valentía la atenta y honesta re-valoración de las intenciones de la Reforma y de la figura de Martin Lutero, en el sentido de una “Ecclesia semper reformanda”, en el gran camino trazado por los Concilio, como también de hombres y mujeres, animados por la luz y la fuerza del Espíritu Santo. El reciente documento de la Comisión luterana-católica por la unidad, […], ha afrontado y realizado esta reflexión de forma prometedora”.
Esto demuestra que, ya hace un año, la mirada del papa Francisco estaba dirigida a la memoria de la Reforma. Su declaración es muy importante porque designa Lutero como reformador de una Iglesia que atraviesa una grave crisis. Es evidente que el papa Francisco está dando importantes impulsos a ambas iglesias, para que recuerden juntos a Martin Lutero, para reconocerlo como un maestro en común y para testimoniar el Evangelio juntos.
¿Se puede decir que el ecumenismo está recibiendo una bocanada de aire fresco y ha emprendido el vuelo?— Jens-Martin Kruse: Es verdad y las condiciones externas han cambiado con el actual pontificado. Con el papa Francisco el ecumenismo ha recibido nuevos impulsos. Es evidente que el Papa no ahorra esfuerzos para acercarse a los otros; no espera, actúa él primero. Creo que puedo definirlo como el Papa más activo en el ecumenismo, especialmente si se mira al pasado. En 2008, cuando el EKF (Iglesia evangélica alemana) anunció el decenio luterano la situación inicialmente fue difícil. Luego se sucedieron eventos muy felices, tanto en la Iglesia evangélica con el obispo de Bedford-Strohm y en la católica con el cardenal Marx, ambos en gran sintonía, circunstancias que favorecen también la organización de la “fiesta de Cristo” juntos.
¿Por qué se ha elegido la denominación “fiesta de Cristo”?— Jens-Martin Kruse: El obispo de Bedford-Strohm llama “fiesta de Cristo” la memoria de la reforma, desde el momento en el que Lutero se ha autoproclamado reformador, no fundador de la Iglesia y Cristo construye el centro de nuestra fe en común. Con esto, nuestro obispo ha formulado una idea ecuménicamente colegiable, así como demuestran las numerosas iniciativas ecuménicas que han surgido desde entonces y que testimonian la fe cristiana.
¿Qué significa “unidad”?— Jens-Martin Kruse: La unidad se hace visible y tangible en las celebraciones comunes de culto. Los servicios de la Iglesia y de los encuentro son parte del ecumenismo espiritual, como sucederá en la fiesta de la Exaltación, prevista el 11 de marzo de 2017. En el ecumenismo vivido, por tanto en las obras sociales y caritativas, ya vivimos hoy la unidad. Con su viaje a la isla de Lesbos, el papa Francisco nos ha demostrado que podemos intensificar todavía esta obra. Ayudar a la gente en la necesidad significar dar testimonio de la caridad y la misericordia. Como consecuencia, el 31 de octubre, el programa se divide en una oración común y en el ecumenismo de la caridad, es decir en los servicios sociales y caritativos, en el estadio de Malmö. Al final, ambas iglesias firmarán una declaración, la cual reforzará también su experiencia y la sensación de ser una cosa sola.
¿Qué pueden hacer las dos iglesias, para no diluir esta sensación positiva?— Jens-Martin Kruse: Actualmente estamos experimentando un viento cálido a nuestras espaldas, que nos da la valentía de ir adelante. El 1 de noviembre, la memoria de la reforma se convertirá en una realidad histórica, que será de gran ayuda para el ecumenismo. Es importante afrontar los problemas, como por ejemplo, los matrimonios mixtos, y comprometerse en el ecumenismo. El 2017 nos dará la posibilidad para reflexionar. No existe un solo motivo de resignación. Estamos viviendo un momento particular, que no se podía pensar hace años.


Nuevas tareas y nuevos desafíos
En las relaciones futuras entre luteranos y católicos se vislumbran numerosas tareas. A este respecto, se debe hacer una distinción entre las responsabilidades que se han de asumir a nivel local, en las parroquias o en las diócesis, y las responsabilidades de la Iglesia universal. El movimiento ecuménico es un proceso de índole bastante compleja, y sería un error esperar, por parte católica, que todo lo haga Roma. En efecto, si la Iglesia universal no estuviera sostenida por las Iglesias particulares, sería como un edificio sin base, como un árbol sin raíces. Las intuiciones, los desafíos deben provenir también de las Iglesias particulares, y se ha de hacer mucho a nivel local, antes de que la Iglesia universal lo haga propio. Al revés, lo que se realiza a nivel de Iglesia universal, debe ser acogido y puesto en práctica a nivel local o, como se dice actualmente, por la base. Ahora, en esta presentación, me limitaré a situarme a nivel de Iglesia universal, y trataré de ilustrar lo que se propone realizar el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos.
Hace poco una importante delegación de la Federación luterana mundial realizó una visita al Santo Padre y al Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Tuvimos ocasión de determinar juntos las tareas que es preciso realizar tanto por parte católica como por parte luterana.
Yo veo, en perspectiva, que en primer lugar se debe dirigir la atención a las cuestiones de la doctrina sobre la justificación que la Declaración conjunta no ha resuelto. Con eso no quiero referirme exclusivamente al contenido concreto de cada una de esas cuestiones. No se trata sólo de aclarar la cuestión del simul iustus et peccator o del significado criteriológico de la doctrina de la justificación. Al contrario, pienso, en primer lugar, en la oportunidad de afrontar un estudio bíblico más profundo, que también ha recomendado la Respuesta católica. Para ambas comunidades eclesiales, la Biblia es la proclamación por excelencia de nuestra fe. Considero que se pueden realizar ulteriores progresos si los estudios bíblicos asumen un papel más consistente en el análisis de las cuestiones de índole dogmática. Creo que, a este respecto, se podría pensar en convocar a alto nivel un simposio de expertos en Antiguo y Nuevo Testamento.
Asimismo, quisiera aludir a las cuestiones más importantes que quedan por resolver con respecto a la doctrina de la justificación. Desde el punto de vista católico, es de fundamental importancia la comprensión de lo que es la Iglesia. Este tema asume todo su peso cuando se trata de la cuestión del ministerio en la Iglesia de la sucesión apostólica, del ministerio peculiar del Obispo de Roma, es decir, del ministerio petrino. Según los criterios de la Iglesia católica estas cuestiones se deben esclarecer antes de hablar de comunión eclesial y de comunión eucarística.
Hay que profundizar ante todo en lo que entendemos por unidad visible de la Iglesia, unidad que constituye el objetivo de nuestro diálogo. Sería importante esclarecer cuáles son los elementos necesarios para la unidad de la Iglesia, y dónde conviene situar, en el ámbito de esta unidad, la diversidad y la libertad.
Por lo que atañe a la comprensión de lo que es la Iglesia, existieron al inicio algunos malentendidos, especialmente por parte protestante. No pocos teólogos protestantes han creído que, sobre la base de la Declaración conjunta, hay una comprensión católica de la unidad definida como «ecumenismo de regreso». Este concepto ya no es aplicable a la Iglesia católica después del concilio Vaticano II. Sin embargo, debemos aclarar el objetivo concreto al que se orienta nuestra investigación. En otras palabras, luteranos y católicos deben preguntarse cuál es su visión común.
Por último, muchos cristianos hoy no comprenden ya las formulaciones del siglo XVI. Eso vale sobre todo para nosotros, los católicos, pues el tema de la justificación del pecador normalmente ya no forma parte de la instrucción catequística. Para nosotros es mucho más normal hablar de la redención, de la gracia y del don de la gracia, de la vida nueva, de la liberación, de la reconciliación y del perdón. En efecto, también estos temas que acabo de citar son conceptos bíblicos importantes.
Tal vez nos hemos hecho demasiado deístas; parece que Dios ha sido desterrado de nuestro mundo, de nuestra existencia, de nuestra vida ordinaria. Así, la cuestión de la misericordia de Dios, que Lutero sentía tan profundamente, nos resulta extraña y a menudo ni siquiera nos sentimos afectados por ella. En este sentido resulta muy urgente la tarea de traducir los interrogantes y las respuestas de entonces a un lenguaje comprensible al hombre de hoy, a fin de que pueda sentirse afectado, como en otros tiempos.
Llegar a esta meta es una tarea común, más aún, una de las tareas de mayor importancia que deben realizar los católicos y los luteranos. Juntos debemos tratar de ser elocuentes, haciendo que el fulcro de la buena nueva sea creíble y convincente. No se trata simplemente de traducir algunas afirmaciones dogmáticas a un lenguaje moderno ni de encontrar el modo de expresarlas con palabras actuales; debemos ir mucho más a fondo y preguntarnos: ¿Qué significa Dios para nosotros hoy? ¿Qué significa Cristo para nosotros hoy? ¿Es realmente el Hijo de Dios, que nos ha redimido con su muerte en cruz y su resurrección? Por consiguiente, desde la perspectiva de la fe cristiana, ¿qué significa creer en un Dios misericordioso? Y ¿qué significa para nuestra vida creer en un Dios misericordioso?
Teniendo en cuenta la doctrina de la justificación, deberíamos responder que no podemos y no debemos «construir» nuestra vida, ni podemos alcanzar la plenitud y la felicidad con nuestros esfuerzos. Nuestro valor personal no depende de nuestras obras, sean buenas o malas. Aun antes de actuar, somos aceptados y hemos recibido el sí de Dios. Su misericordia nos permite vivir. En nuestra vida actúa un Dios misericordioso, que en cada momento, y a pesar de todo, nos toma de la mano. De ahí se sigue que debemos y podemos ser clementes y misericordiosos con nuestros hermanos, infundiéndoles la esperanza en un mundo que cada vez parece carecer más de sentido. Esta es la buena nueva y el Señor nos concederá profesarla de modo convincente.
La valentía de hacer ecumenismo
Quisiera concluir con algunas consideraciones. Muchos creen que el proceso de acercamiento de las Iglesias es demasiado lento. Algunos afirman que el ecumenismo marca el paso. Sin embargo, la ratificación de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación muestra que también hoy es posible un progreso, aunque sea laborioso, y asimismo muestra de forma evidente las dificultades que aún se deben superar, y que no todas provienen, como piensan algunos, exclusivamente de «Roma», sino también, como ha demostrado la discusión en la teología protestante, de la otra parte. Es preciso añadir que estas críticas y las reservas expresadas con respecto a la Declaración deben examinarse seriamente.
Asimismo ha quedado claro que el objetivo del diálogo no consiste en hacer que el interlocutor cambie, sino en reconocer las propias faltas y en aprender del otro. La conversión no comienza con la conversión del otro, sino con la propia. Así, es mucho mejor reflexionar sobre los pasos que personalmente debemos dar para salir al encuentro de nuestro interlocutor, en vez de impulsarlo a él a recorrer un camino que para él es impracticable en un momento determinado. El ecumenismo no se hace renunciando a nuestra propia tradición de fe. Ninguna Iglesia puede hacer esta renuncia. Más bien, debemos profundizar cada vez más nuestra fe. El ecumenismo no debe ser un regateo como los que se realizan en un bazar oriental. Es un diálogo en la caridad y en la verdad. Penetrando más a fondo en la verdad, la propia tradición aparece a una nueva luz. Donde antes habíamos visto una contradicción, podemos ver una posición complementaria.
Actuando así, los católicos y los luteranos han encontrado en cuarenta años una convergencia que no se había logrado en 450 años. Ese hecho es una razón suficiente para no desistir y mirar al futuro con esperanza. Hoy, más que nunca, necesitamos un nuevo optimismo ecuménico. Naturalmente, no somos nosotros quienes lograremos la unidad. La unidad de la Iglesia es un don del Espíritu de Dios, que nos ha sido prometido solemnemente.
Llegará el día en que el don de la unidad nos será concedido de modo sorprendente, como sucedió en aquel acontecimiento de hace diez años. Si la mañana del 9 de noviembre de 1989 hubiéramos preguntado a los habitantes de Berlín cuánto tiempo, según ellos, seguiría el muro de Berlín dividiendo su ciudad, probablemente habrían respondido: «nos contentaríamos con que nuestros nietos puedan atravesar la puerta de Brandeburgo». La tarde de ese mismo día memorable, apareció ante los ojos del mundo entero una ciudad de Berlín sorprendentemente cambiada.
Yo estoy firmemente convencido de que también nosotros, un día, con los ojos llenos de estupor, constataremos que el Espíritu de Dios ha derribado los muros de división y ha trazado para nosotros senderos nuevos.


CRISTIANOS DE PRIMERA.


El Amor Supremo es sin genero de duda el amor de Jesús: su amor al Padre, su amor a las almas. Desde que vino al mundo comenzó a satisfacer ese amor, porque los dos son UNO SOLO. En el solemne atardecer de su vida, Jesús iba a encontrar la plena satisfacción de aquel amor que parecía insaciable, de aquel deseo que se diría infinito. !Inmolarse por el Padre!, Ofrecerle un homenaje infinito: devolverle un amor tan grande como el que recibía; poder ofrecer a la justicia infinita, el sacrificio de inmolación total, el anonadamiento de una victima divina, en favor de sus hermanos.

La ultima palabra del amor en la tierra,  lo mas sublime, lo mas  santo de Jesús es su sacrificio, porque Jesús crucificado es la santidad humana en su cumbre, , porque es la santidad divina en su increíble anonadamiento. 

El amor a Cristo, nos lleva al amor a los otros: Dios es Amor y si hacemos un acto de amor a nuestros hermanos, por pequeño que sea, estamos en sintonia con Dios. "No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz".   Beata Teresa de Calcuta.

Ser buen cristiano, no es solo pertenecer a una denominación o Iglesia, o tener tan marcado  interés por los servicios y las tareas eclesiales propias de sus ministros.


Ser buen cristiano es No hacer una separación entre fe y vidaentre la acogida del Evangelio y la acción concreta. 
Cumplir sus responsabilidades específicas en las más diversas realidades temporales y terrenas. La mirada fija en la la lejanía (trascendencia); el paso ligero (prontitud); el oído atento (a la escucha de Dios).

CERCANÍA con los jóvenes desorientados, con las familias desunidas, con la sociedad desgarrada.

La Sagrada Escritura inspirada por Dios nos ayuda en todo: para enseñar, corregir, reprender y hacer oración.

Segunda Carta de San Pablo a Timoteo  3,15-17
Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús. 
Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien. 



Carta de San Pablo a los Gálatas 5,18-25. 
Hermanos: 
Si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley. 
Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje, 
idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones 
y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios. 
Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, 
mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más, 
porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos. 
Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él. 




Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 3,17.
Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien. 


Libro del Exodo 17,8-13. 
Después vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim.
Moisés dijo a Josué: "Elige a algunos de nuestros hombres y ve mañana a combatir contra Amalec. Yo estaré de pie sobre la cima del monte, teniendo en mi mano el bastón de Dios".
Josué hizo lo que le había dicho Moisés, y fue a combatir contra los amalecitas. Entretanto, Moisés, Aarón y Jur habían subido a la cima del monte.
Y mientras Moisés tenía los brazos levantados, vencía Israel; pero cuando los dejaba caer, prevalecía Amalec.
Como Moisés tenía los brazos muy cansados, ellos tomaron una piedra y la pusieron donde él estaba. Moisés se sentó sobre la piedra, mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sus brazos se mantuvieron firmes hasta la puesta del sol.
De esa manera, Josué derrotó a Amalec y a sus tropas al filo de la espada.

Salmo 121(120),1-2.3-4.5-6.7-8. 
Levanto mis ojos a las montañas:
¿de dónde me vendrá la ayuda?
La ayuda me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

El no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
el guardián de Israel.

El Señor es tu guardián,
es la sombra protectora a tu derecha:
de día, no te dañará el sol,
ni la luna de noche.

El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre.




JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERALMiércoles 17 de julio de 1985

Los hombres de ciencia y Dios
1. Es opinión bastante difundida que los hombres de ciencia son generalmente agnósticos y que la ciencia aleja de Dios. ¿Qué hay de verdad en esta opinión?
Los extraordinarios progresos realizados por la ciencia, particularmente en los últimos dos siglos, han inducido a veces a creer que la ciencia sea capaz de dar respuesta por sí sola a todos los interrogantes del hombre y de resolver todos los problemas. Algunos han deducido de ello que ya no habría ninguna necesidad de Dios. La confianza en la ciencia habría suplantado a la fe.

Entre ciencia y fe —se ha dicho— es necesario hacer una elección: o se cree en una o se abraza la otra. Quien persigue el esfuerzo de la investigación científica, no tiene ya necesidad de Dios; y viceversa, quien quiere creer en Dios, no puede ser un científico serio, porque entre ciencia y fe hay un contraste irreducible.

5. A este punto seria muy hermoso hacer escuchar de algún modo las razones por las que no pocos científicos afirman positivamente la existencia de Dios y ver qué relación personal con Dios, con el hombre y con los grandes problemas y valores supremos de la vida los sostienen. Cómo a menudo el silencio, la meditación, la imaginación creadora, el sereno despego de las cosas, el sentido social del descubrimiento, la pureza de corazón son poderosos factores que les abren un mundo de significados que no pueden ser desatendidos por quienquiera que proceda con igual lealtad y amor hacia la verdad.
Baste aquí la referencia a un científico italiano, Enrico Medi, desaparecido hace pocos años. En su intervención en el Congreso Catequístico Internacional de Roma en 1971, afirmaba: «Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva, una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones, los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los que están en este micrófono (...). La identidad excluye la probabilidad. Lo que es idéntico no es probable (...). Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo, dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios (...).
»El ser, hablo científicamente, que ha dado a las cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo tenemos 10 elevadas a la 85ª potencia... ¿Queremos entonces acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de Asís proclamaría: "¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad a mi Dios porque es omnipotente y bueno! "¡Oh átomos, protones, electrones! "¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas, silbar del viento, cantad a través de las manos del hombre y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!» (Atti del II Congreso Catechistico Internazionale, Roma, 20-25 septiembre de 1971, Roma, Studium, 1972, págs. 449-450).


Cardenal Ratzinger
Una raíz común del bien contra el mal. El amor contra el odio, la verdad contra la mentira, es innato en el hombre. La conciencia y el compromiso por la dignidad humana es una presencia escondida de una fe más profunda, aunque no esté definida en términos teológicos. Es una raíz común del bien contra el mal».

EL HOMBRE NO ES DUEÑO DE SU PROPIO DESTINO, NO TIENE PODER ABSOLUTO

Ciertamente el hombre no puede explicarse a sí mismo el sentido de todo lo que le sucede, y por tanto debe reconocer que no es dueño de su propio destino. No sólo no se ha hecho él a sí mismo, sino que no tiene ni siquiera el poder de dominar el curso de los acontecimientos ni el desarrollo de su existencia. Sin embargo, está convencido de tener un destino y trata de descubrir cómo lo ha recibido, cómo está inscrito en su ser. En ciertos momentos puede discernir más fácilmente una finalidad secreta, que transparenta de un concurso de circunstancias o de acontecimientos. Así, está llevado a afirmar la soberanía de Aquel que le ha creado y que dirige su vida presente.


EL HOMBRE NO ES DUEÑO DE SU PROPIO DESTINO, NO TIENE PODER ABSOLUTO. LA BELLEZA IMPULSA A MIRAR HACIA LO ALTO

6. Finalmente, entre las cualidades de este mundo que impulsan a mirar hacia lo alto está la belleza. Ella se manifiesta en las multiformes maravillas de la naturaleza; se traduce en las innumerables obras de arte, literatura, música, pintura, artes plásticas. Se hace apreciar también en la conducta moral: hay tantos buenos sentimientos, tantos gestos estupendos. El hombre es consciente de «recibir» toda esta belleza, aunque con su acción concurre a su manifestación. El la descubre y la admira plenamente sólo cuando reconoce su fuente, la belleza trascendente de Dios.

LOS HOMBRES DE CIENCIA Y DIOS 
Alocución 17.VII.85

1. Es opinión bastante difundida que los hombres de ciencia son generalmente agnósticos y que la ciencia aleja de Dios. ¿Qué hay de verdad en esta opinión? Los extraordinarios progresos realizados por la ciencia, particularmente en los últimos dos siglos, han inducido a veces a creer que la ciencia sea capaz de dar respuesta por sí sola a todos los interrogantes del hombre y de resolver todos los problemas. Algunos han deducido de ello que ya no habría ninguna necesidad de Dios. La confianza en la ciencia habría suplantado a la fe. Entre ciencia y fe—se ha dicho—es necesario hacer una elección: o se cree en una o se abraza la otra. Quien persigue el esfuerzo de la investigación científica, no tiene ya necesidad de Dios; y viceversa, quien quiere creer en Dios, no puede ser un científico serio, porque entre ciencia y fe hay un contraste irreducible.

2. El Concilio Vaticano ll ha expresado una condición bien diversa. En la Constitución Gaudium et spes se afirma:«La investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser» (Gaudium et spes, 36).

De hecho se puede observar que siempre han existido y existen todavía eminentes hombres de ciencia, que en el contexto de su humana experiencia han creído positiva y benéficamente en Dios. Una encuesta de hace cincuenta años, realizada con 398 científicos entre los más ilustres, puso de relieve que sólo 16 se declararon no creyentes, 15 agnósticos y 367 creyentes (cfr. A. Eymieu, La part des croyants dans les progres de la science, 6e. éd., Perrin,1935, pág. 274).

3. Todavía más interesante y proficuo es darse cuenta de por qué muchos científicos de ayer y de hoy ven no sólo conciliable, sino felizmente integrante la investigación científica rigurosamente realizada con el sincero y gozoso reconocimiento de la existencia de Dios. De las consideraciones que acompañan a menudo como un diario espiritual su empeño científico, sería fácil ver el entrecruzamiento de dos elementos: el primero es cómo la misma investigación, en lo grande y en lo pequeño, realizada con extremo rigor, deja siempre espacio a ulteriores preguntas en un proceso sin fin, que descubre en la realidad una inmensidad, una armonía, una finalidad inexplicable en términos de casualidad o mediante los solos recursos científicos. A ello se añade la insuprimible petición de sentido, de más alta racionalidad, más aún, de algo o de Alguien capaz de satisfacer necesidades interiores, que el mismo refinado progreso científico, lejos de suprimir, acrecienta.

4. Mirándolo bien, el paso a la afirmación religiosa no viene por sí en fuerza del método científico experimental, sino en fuerza de principios filosóficos elementales, cuales el de causalidad, finalidad, razón suficiente, que un científico, como hombre, ejercita en el contacto diario con la vida y con la realidad que estudia. Más aún, la condición de centinela del mundo moderno, que entrevé el primero la enorme complejidad y al mismo tiempo la maravillosa armonía de la realidad, hace del científico un testigo privilegiado de la plausibilidad del dato religioso, un hombre capaz de mostrar cómo la admisión de la trascendencia, lejos de dañar la autonomía y los fines de la investigación, la estimula por el contrario a superarse continuamente, en una experiencia de autotrascendencia relativa del misterio humano. Si luego se considera que hoy los dilatados horizontes de la investigación, sobre todo en lo que se refiere a las fuentes mismas de la vida, plantean interrogantes inquietantes acerca del uso recto de las conquistas científicas, no nos sorprende que cada vez con mayor frecuencia se manifieste en los científicos la petición de criterios morales seguros, capaces de sustraer al hombre de todo arbitrio. ¿Y quien, sino Dios, podrá fundar un orden moral en el que la dignidad del hombre, de todo hombre, sea tutelada y promovida de manera estable?. 


REGRESAR A LA UNIDAD

 “Nos reunimos a veces para hablar sobre puntos de vista, pero cada uno habla desde su identidad. Yo soy budista, yo soy evangélico, yo soy ortodoxo, soy católico, cada uno dice, pero su identidad, no negocia su identidad”.
"No tenemos que temer e ignorar  el conflicto. Si no asumimos el conflicto, no podemos dialogar mucho". "Esto significa sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso"."La unidad es superior al conflicto. El conflicto existe, hay que procurar resolverlo con miras a una unidad y no con miras a la uniformidad".
De la homilía del Santo Padre en Ñu Guazú

 La lluvia es signo de su presencia en la tierra trabajada por nuestras manos. Una comunión que siempre da fruto, que siempre da vida. Esta confianza brota de la fe, saber que contamos con su gracia, que siempre transformará y regará nuestra tierra.

El discípulo se siente invitado a confiar, se siente invitado por Jesús a ser amigo, a compartir su suerte, a compartir su vida. «A ustedes no los llamo siervos, los llamo amigos porque les di a conocer todo lo que sabía de mi Padre» (Jn 15,15). Los discípulos son aquellos que aprenden a vivir en la confianza de la amistad de Jesús.

Y el Evangelio nos habla de este discipulado. Nos presenta la cédula de identidad del cristiano. Su carta de presentación, su credencial.

Jesús llama a sus discípulos y los envía dándoles reglas claras y precisas. Los desafía con una serie de actitudes, comportamientos que deben tener. Y no son pocas las veces que nos pueden parecer exageradas o absurdas; actitudes que sería más fácil leerlas simbólicamente o «espiritualmente». Pero Jesús es bien claro. No les dice: «Hagan como que» o «hagan lo que puedan».

Recordemos juntos esas recomendaciones: «No lleven para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero... permanezcan en la casa donde les den alojamiento» (cf. Mc 6,8-11). Parecería algo imposible.

Podríamos concentrarnos en las palabras: «pan», «dinero», «alforja», «bastón», «sandalias», «túnica».

Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar. Jesús, no los envía como poderosos, como dueños, jefes, cargados de leyes, normas; por el contrario, les muestra que el camino del cristiano es simplemente transformar el corazón, el suyo y ayudar a transformar el de los demás. Aprender a vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular, a la lógica del acoger, recibir y cuidar.

Son dos las lógicas que están en juego, dos maneras de afrontar la vida y de afrontar la misión.


El Señor conoce, sin duda alguna, todos los pensamientos y sentimientos de nuestro corazón; en cuanto a nosotros, sólo podemos discernirlos en la medida en que el Señor nos lo concede.

Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas. Cuantas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos. Hoy el Señor nos los dice muy claramente: en la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino aprendiendo a alojar.

Hay algo que es cierto, no podemos obligar a nadie a recibirnos, a hospedarnos; es cierto y es parte de nuestra pobreza y de nuestra libertad. Pero también es cierto que nadie puede obligarnos a no ser acogedores, hospederos de la vida de nuestro Pueblo. Nadie puede pedirnos que no recibamos y abracemos la vida de nuestros hermanos especialmente la vida de los que han perdido la esperanza y el gusto por vivir.

La Iglesia es madre, como María. En ella tenemos un modelo. Alojar, como María, que no dominó ni se adueñó de la Palabra de Dios sino que, por el contrario, la hospedó, la gestó, y la entregó. Alojar como la tierra que no domina la semilla, sino que la recibe, la nutre y la germina.

Así queremos ser los cristianos, así queremos vivir la fe en este suelo paraguayo, como María, alojando la vida de Dios en nuestros hermanos con la confianza, con la certeza que: «El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto». Que así sea.




Un motivo de esperanza
Comentario a la Declaración conjunta católico-luterana sobre la doctrina de la justificación
Mons. Walter KASPER
Secretario del Consejo pontificio
para la promoción
de la unidad de los cristianos


El despertar ecuménico
El siglo XX, además de ser recordado por sus numerosos acontecimientos terribles, pasará a la historia como el siglo del despertar ecuménico. El fenómeno comenzó con la constatación, en los países de misión, de que la credibilidad del cristianismo corría peligro si los cristianos seguían divididos entre sí. Ese problema asumió una importancia aún mayor en el marco de la situación ecuménica del viejo continente, Europa, donde las controversias religiosas y las diferencias confesionales habían provocado una notable erosión de la fe. Así pues, con razón la reciente Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos dio gran relieve a las cuestiones ecuménicas.
En el año 1910, en el ámbito de las Iglesias protestantes, la preocupación por no perjudicar la credibilidad del cristianismo llevó a convocar la primera Conferencia mundial sobre la misión. En esa Conferencia, los pioneros que se dedicaron al ecumenismo, después de la pérdida de la unidad que se produjo en el siglo XVI, pudieron reflexionar sobre los modos de superar la división de la cristiandad. Durante muchos decenios la Iglesia católica consideró esta problemática con cierto escepticismo. Antes del concilio Vaticano II (1962-1965), la Iglesia católica buscaba el restablecimiento de la unidad de los cristianos exclusivamente como «un regreso de nuestros hermanos separados a la verdadera Iglesia de Cristo (...), de la que lamentablemente se habían alejado en otro tiempo», como dijo Pío XI en su encíclica Mortalium animos de 1928.
El concilio Vaticano II llevó a cabo un cambio radical. Reconoció una responsabilidad de la Iglesia católica en la división de los cristianos y subrayó que el restablecimiento de la unidad suponía la conversión de unos y otros al Señor. En lugar del antiguo concepto del ecumenismo de «regreso», hoy domina el de un itinerario común, que orienta a los cristianos hacia la meta de la comunión eclesial, entendida como una unidad en la diversidad reconciliada.
En el período posconciliar, la cuestión de la unidad de los cristianos ha resultado cada vez más urgente. Hoy se puede viajar de Francfort a cualquier ciudad de Europa en menos de cuatro horas; la movilidad humana es un fenómeno en expansión. Las fronteras nacionales ya no tienen como función separar. Al contrario, las diferencias religiosas mantienen un potencial peligroso, capaz de desencadenar conflictos cuando grupos de fanáticos o algunos alborotadores aislados se aprovechan de ellas para perseguir sus intereses nacionales, políticos o económicos, suscitando enfrentamientos entre poblaciones enteras. Al respecto, basta mirar lo que ha sucedido en Yugoslavia o Irlanda del norte, o contemplar la situación a la que se ha llegado en algunos países del bloque oriental, para encontrar ejemplos trágicos, que deberían ponernos alerta.
Sin embargo, la razón profunda del compromiso de la Iglesia católica en favor de la unidad de los cristianos no se ha de buscar en estas consideraciones pragmáticas, sino en la convicción de que, con su división, los cristianos impiden alcanzar lo que es voluntad del Señor. En la víspera de su pasión, Jesús oró al Padre pidiendo «que todos sean uno (...) para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Estas palabras del Señor, pronunciadas en la víspera de su pasión y muerte, constituyen su última voluntad y su testamento. Como tales, obligan inequívocamente a todo cristiano y a la Iglesia en su conjunto. Ser católico y ser ecuménico no son dimensiones opuestas entre sí, sino las dos caras de la misma medalla.
Un consenso diferenciado sobre la doctrina de la justificación
Desde el concilio Vaticano II, la Iglesia católica inició un diálogo con casi todas las Iglesias y comunidades eclesiales, tanto en Oriente como en Occidente. El diálogo oficial con las Iglesias luteranas comenzó inmediatamente después del Concilio. En estos años ha logrado resultados significativos, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como en el de las Iglesias particulares. Ya desde el principio, el éxito más notable se consiguió mediante el estudio de la doctrina de la justificación, es decir, el tema que había llevado a la ruptura de la comunión en el siglo XVI. Para Martín Lutero, de acuerdo con esa enseñanza la Iglesia «está en pie o cae» («steht und fällt»).
Lutero consideraba que la justificación no era sólo una cuestión teórica, sino esencialmente existencial. Se preguntaba: «¿Cómo encontrar a un Dios misericordioso? ¿Cómo encontrar en mí la paz y la serenidad?». Lutero debió experimentar que, por más que se esforzara en realizar obras buenas, no lograba alcanzar la paz interior. Eso lo llevó casi a la desesperación. Por último, a través del estudio de la sagrada Escritura, y especialmente de la carta de san Pablo a los Romanos, hizo una experiencia profunda. Descubrió que san Pablo, cuando hablaba de la justicia de Dios, no quería afirmar que Dios nos considera justos porque nos hemos justificado por nuestras buenas obras, sino porque él nos acepta como pecadores. No se trata de nuestra justicia, sino de la justicia de Dios, justicia que Dios nos da por los méritos de Cristo, sin nuestra colaboración, sólo por gracia y sólo por fe («sola gratia, sola fide»).
El concilio de Trento no pudo aceptar esa doctrina, tal como se entendía en ese tiempo. Ciertamente, también Trento condenó la doctrina pelagiana, según la cual una persona puede justificarse a sí misma mediante las buenas obras. Con todo, ese concilio concluyó que podemos cooperar a nuestra justificación, no con nuestras propias fuerzas, sino porque la gracia nos inspira y nos capacita para hacerlo. Además, el concilio de Trento quería poner de relieve que Dios no sólo nos declara justos, sino que también nos hace justos; que nos santifica y, sin mérito por nuestra parte, nos renueva, de modo que, por medio de la gracia -como afirman las sagradas Escrituras- somos una nueva criatura. Por consiguiente, debemos vivir como nueva criatura. La fe debe hacerse efectiva en el amor y en las obras de caridad.
Durante cuatrocientos años esta doctrina nos ha separado. La división entre nosotros no era provocada por motivos superficiales, sino por un modo diverso de entender el núcleo mismo de la buena nueva de nuestra salvación. Sólo en su rechazo común del sistema inhumano del nazismo, en los bunkers de la segunda guerra mundial y en los campos de concentración, muchos cristianos católicos y evangélicos entendieron que no estaban tan alejados unos de otros como parecía. Comprendieron que era más lo que los unía que lo que los separaba.
Después de 1945, el movimiento ecuménico y la teología ecuménica pudieron aprovechar esas experiencias. En este marco, deberíamos recordar la larga lista de teólogos, católicos y evangélicos, que prepararon el camino de entendimiento entre nuestras Iglesias. Investigaron de nuevo, pero esta vez juntos, el testimonio de la sagrada Escritura y estudiaron nuestra tradición común, los Padres de la Iglesia. Consideraron atentamente la historia de la Reforma, los escritos de Lutero y el concilio de Trento, llegando a menudo a las mismas conclusiones. Lo que nos acercó no fueron acomodaciones fáciles, o una actitud falsa de conciliación o liberalismo, sino una vuelta común a las fuentes de nuestra fe.
Así, el diálogo ecuménico oficial, comenzado después del Concilio, pudo aprovechar los resultados de la investigación teológica anterior. Ya el primer documento de la Comisión mixta internacional católico-luterana, conocido como Relación de Malta (1971), mostró que se había alcanzado un amplio consenso sobre la doctrina de la justificación. La cuestión fue examinada de nuevo en el diálogo católico-luterano a nivel nacional, en Estados Unidos, en el documento preparado el año 1985, que se titula: Justificación por la fe, en el que se llegó al mismo resultado logrado con la Relación de Malta. Por último, el tema de la justificación se afrontó después de la visita del Papa Juan Pablo II a Alemania, en el ámbito de un estudio que analizó todas las condenas doctrinales del siglo XVI. Los resultados del diálogo católico-evangélico a nivel alemán fueron publicados en 1986 en un libro titulado: «Lehrverurteilungenkirchentrennend?», en el que se concluía también que hoy estas cuestiones no separan ya a las Iglesias.
Así pues, lo que afirma la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, firmada solemnemente en Augsburgo el 31 de octubre del año pasado, no es algo que llueve del cíelo de forma repentina. El documento fue preparado a lo largo de decenios mediante un diálogo teológico y ecuménico realizado por especialistas. Sin embargo, con la Declaración conjunta se alcanzó un nuevo nivel de calidad. Los resultados de los diálogos anteriores se podían considerar logros de los teólogos directamente implicados en la investigación y de comisiones que no representaban oficialmente a las Iglesias a las que pertenecían. Por tanto, había llegado el momento en que las mismas Iglesias, después de esa preparación, debían asumir la discusión de la cuestión y proseguir el diálogo. Entonces la Federación luterana mundial y el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos decidieron tratar de llegar a la redacción de una «Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación».
Fue necesario preparar varios proyectos de ese documento, para los cuales, cada vez, tanto por parte católica como por parte luterana, se comunicaban las peticiones de enmiendas. En 1997 se llegó ala redacción final de la Declaración, que fue presentada para su examen a las autoridades de ambas Comuniones, es decir, a los sínodos de las diversas Iglesias luteranas y, por parte de la Iglesia católica a la Congregación para la doctrina de la fe y el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. También en esta fase, el texto fue objeto de una discusión muy intensa. Por parte luterana, a pesar de muchas objeciones que se suscitaron, se llegó a un gran consenso sobre la Declaración. Por cuanto se refiere a la Iglesia católica, la afirmación de que la Declaración había puesto de manifiesto un acuerdo fundamental iba acompañada de una precisión: con respecto a algunos temas abordados en el documento, no se podía decir que expresaba un auténtico consenso. Eso se refería sobre todo a la expresión luterana según la cual la persona es justificada y pecadora al mismo tiempo («simul iustus et peccator») y a la cuestión de la cooperación de la persona en la justificación. Además, no estaba clara la cuestión de cómo se debía situar la justificación en el conjunto de los datos de la fe. Según Lutero, la doctrina de la justificación no es una verdad de fe como las demás, sino el centro y el criterio en torno al cual se articulan todas las demás verdades. Los católicos mantenemos firmemente que es un criterio indispensable, pero vinculado al conjunto de la profesión de fe trinitaria y cristológica.
Estas objeciones de parte católica provocaron una gran desilusión. Muchos no las interpretaron como un consenso diferenciado, sino como un disenso diferenciado y como un retroceso del diálogo ecuménico, con el que se perdían años de esfuerzos. Por este motivo, se tomó la decisión de aclarar las cuestiones controvertidas en un documento, que se llamó Anexo, en el que se confirman algunas de las afirmaciones de la Declaración común. Más en concreto:
1. Que existe un acuerdo fundamental sobre la doctrina de la justificación. Evidentemente, persisten aún sobre el tema algunas cuestiones abiertas que se deberán examinar más adelante. Sin embargo, las diferencias no anulan la base común que se ha alcanzado sobre la comprensión de esa doctrina. Por eso se trata también de un consenso diferenciado.
2. Además, sobre la base del modo como se entiende la doctrina de la justificación en la Declaración conjunta, las condenas recíprocas del siglo XVI relativas a esa doctrina no se aplican ya hoy ni a católicos ni a luteranos.
Todo ello no menoscaba en absoluto el valor del concilio de Trento, que para los católicos sigue siendo válido. La Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación y el correspondiente Anexo pretenden explicitar oficialmente el modo según el cual esa doctrina se debe interpretar hoy y evidenciar al mismo tiempo que la doctrina de Lutero, si se entiende en el sentido de la Declaración conjunta, ya no es causa de conflicto capaz de dividir a la Iglesia. Es decir, no se trata de dos posturas de por sí irreconciliablessino de dos enfoques y dos acentuaciones complementarios.
Por parte católica, estas confirmaciones del Documento fueron aprobadas por la Congregación para la doctrina de la fe y por el Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, y recibieron el visto bueno del Santo Padre. El 31 de octubre del año pasado, Juan Pablo II, antes de rezar el Ángelus, reafirmó su apoyo y su complacencia por la ratificación de la Declaración común, que tuvo lugar precisamente ese día en Augsburgo.
La ratificación de la Declaración realizada en Augsburgo fue mucho más que un acontecimiento formal y protocolario. Se trató de una fiesta, que asumió al inicio una connotación litúrgica. En efecto, queríamos ante todo dar gracias al Señor por habernos permitido dar un paso tan importante en el camino hacia la unidad de los cristianos.
Por este motivo, fue muy significativo que el acto de ratificación se realizara en la iglesia luterana de Santa Ana, en el mismo lugar donde se había celebrado, el año 1518, la disputatio entre Lutero y el cardenal Cayetano, en la ciudad en donde había tenido lugar en 1530 la Dieta que afirmó la posición luterana y llevó a la redacción de la Confessio augustana, que constituye el documento confesional fundamental del luteranismo. En la iglesia de Santa Ana, Lutero y el cardenal Cayetano habían tratado una vez más de evitar la división y llegar a un acuerdo, pero el intento fracasó rápidamente. Hoy, después de 470 años, gracias a Dios, hemos podido dar un paso que nos ha acercado a esa meta, que entonces no se alcanzó.
Debemos preguntarnos cuál es el significado del acuerdo realizado con la firma de la Declaración conjunta. Significa que los católicos y los luteranos pueden dar testimonio común de lo que es para ellos el núcleo de la fe; y que este testimonio común nos permite entrar juntos en un nuevo siglo y en un nuevo milenio. Nuestro mundo, cada vez más secularizado, necesita nuestro testimonio común.

Tampoco debemos desalentarnos al pensar en la distancia que aún nos separa de la meta. Si es verdad que la Declaración conjunta es un paso importante hacia la unidad, también es verdad que no hemos logrado aún nuestro objetivo. La Declaración tiene su importancia, pero no excluye sus límites. Su grandeza consiste en que no pretende ocultar esos límites. El documento trata abiertamente de las cuestiones que todavía nos separan y que tenemos la responsabilidad de afrontar. Con la firma de ese documento hemos alcanzado una piedra miliar, pero no hemos llegado al final del caminoLa plena unidad visible de los cristianos y su comunión aún no se ha realizado.




                                            UNITATIS REDINTEGRATIO 


PRINCIPIOS CATÓLICOS SOBRE EL ECUMENISMO.

Con motivo de la visita del Santo Padre Franciso a Suecia con motivo de los 500 años de la Reforma protestante, al concluir la ceremonia en la catedral de Lund que se realizó este lunes 31 de octubre por la tarde, en la que exponentes protestantes y católicos expusieron el deseo de unidad y lamentaron errores del pasado, y en el que el Papa pidió al Espíritu Santo que conceda un nuevo inicio a las relaciones entre luteranos y católicos, se firmó la siguiente declaración conjunta.
Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. 


Nuestro compromiso para un testimonio común
A medida que avanzamos en esos episodios de la historia que nos pesan, nos comprometemos a testimoniar juntos la gracia misericordiosa de Dios, hecha visible en Cristo crucificado y resucitado. Conscientes de que el modo en que nos relacionamos unos con otros da forma a nuestro testimonio del Evangelio, nos comprometemos a seguir creciendo en la comunión fundada en el Bautismo, mientras intentamos quitar los obstáculos restantes que nos impiden alcanzar la plena unidad. Cristo desea que seamos uno, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
Muchos miembros de nuestras comunidades anhelan recibir la Eucaristía en una mesa, como expresión concreta de la unidad plena. Sentimos el dolor de los que comparten su vida entera, pero no pueden compartir la presencia redentora de Dios en la mesa de la Eucaristía. Reconocemos nuestra conjunta responsabilidad pastoral para responder al hambre y sed espiritual de nuestro pueblo con el fin de ser uno en Cristo. Anhelamos que sea sanada esta herida en el Cuerpo de Cristo. Este es el propósito de nuestros esfuerzos ecuménicos, que deseamos que progresen, también con la renovación de nuestro compromiso en el diálogo teológico.
Pedimos a Dios que Católicos y Luteranos sean capaces de testimoniar juntos el Evangelio de Jesucristo, invitando a la humanidad a escuchar y recibir la buena noticia de la acción redentora de Dios. Pedimos a Dios inspiración, impulso y fortaleza para que podamos seguir juntos en el servicio, defendiendo los derechos humanos y la dignidad, especialmente la de los pobres, trabajando por la justicia y rechazando toda forma de violencia. Dios nos convoca para estar cerca de todos los que anhelan dignidad, justicia, paz y reconciliación. Hoy, en particular, elevamos nuestras voces para que termine la violencia y el radicalismo, que afecta a muchos países y comunidades, y a innumerables hermanos y hermanas en Cristo. Nosotros, Luteranos y Católicos, instamos a trabajar conjuntamente para acoger al extranjero, para socorrer las necesidades de los que son forzados a huir a causa de la guerra y la persecución, y para defender los derechos de los refugiados y de los que buscan asilo.
Hoy más que nunca, comprendemos que nuestro servicio conjunto en este mundo debe extenderse a la creación de Dios, que sufre explotación y los efectos de la codicia insaciable. Reconocemos el derecho de las generaciones futuras a gozar de lo creado por Dios con todo su potencial y belleza. Rogamos por un cambio de corazón y mente que conduzca a una actitud amorosa y responsable en el cuidado de la creación.
Uno en Cristo
En esta ocasión propicia, manifestamos nuestra gratitud a nuestros hermanos y hermanas, representantes de las diferentes Comunidades y Asociaciones Cristianas Mundiales, que están presentes y quienes se unen a nosotros en oración. Al comprometernos de nuevo a pasar del conflicto a la comunión, lo hacemos como parte del único Cuerpo de Cristo, en el que estamos incorporados por el Bautismo. Invitamos a nuestros interlocutores ecuménicos para que nos recuerden nuestros compromisos y para animarnos. Les pedimos que sigan rezando por nosotros, que caminen con nosotros, que nos sostengan viviendo los compromisos de oración que manifestamos hoy.
Exhortación a los Católicos y Luteranos del mundo entero
Exhortamos a todas las comunidades y parroquias Luteranas y Católicas a que sean valientes, creativas, alegres y que tengan esperanza en su compromiso para continuar el gran itinerario que tenemos ante nosotros. En vez de los conflictos del pasado, el don de Dios de la unidad entre nosotros guiará la cooperación y hará más profunda nuestra solidaridad. Nosotros, Católicos y Luteranos, acercándonos en la fe a Cristo, rezando juntos, escuchándonos unos a otros, y viviendo el amor de Cristo en nuestras relaciones, nos abrimos al poder de Dios Trino. Fundados en Cristo y dando testimonio de él, renovamos nuestra determinación para ser fieles heraldos del amor infinito de Dios para toda la humanidad.

Unidad y unicidad de la Iglesia

2. La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad. Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en tí, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado", e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus discípulos e mandato nuevo del amor mutuo y les prometió el Espíritu Paráclito, que permanecería eternamente con ellos como Señor y vivificador.

Una vez que el Señor Jesús fue exaltado en la cruz y glorificado, derramó el Espíritu que había prometido, por el cual llamó y congregó en unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al pueblo del Nuevo Testamento, que es la Iglesia, como enseña el Apóstol: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza, la de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismos". Puesto que "todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo.... porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús". El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la Iglesia, efectúa esa admirable unión de los fieles y los congrega tan íntimamente a todos en Cristo, que El mismo es el principio de la unidad de la Iglesia. El realiza la distribución de las gracias y de los ministerios, enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con la variedad de dones "para la perfección consumada de los santosen orden a la obra del ministerio y a la edificación del Cuerpo de Cristo".

Para el establecimiento de esta su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las llaves del reino de los cielos y previa la manifestación de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y las apacentara en la perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre la piedra fundamental y el pastor de nuestras almas.

Jesucristo quiere que su pueblo se desarrolle por medio de la fiel predicación del Evangelio, y la administración de los sacramentos, y por el gobierno en el amor, efectuado todo ello por los Apóstoles y sus sucesores, es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, obrando el Espíritu Santo; y realiza su comunión en la unidad, en la profesión de una sola fe, en la común celebración del culto divino, y en la concordia fraterna de la familia de Dios.

Así, la Iglesia, único rebaño de Dios como un lábaro alzado ante todos los pueblos, comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano, peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial.

Este es el Sagrado misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo y por medio de Cristo, comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones, El modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.


Relación de los hermanos separados con la Iglesia católica

3. En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, se efectuaron algunas escisiones que el Apóstol condena con severidad, pero en tiempos sucesivos surgieron discrepancias mayores, separándose de la plena comunión de la Iglesia no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad de ambas partes. pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente, quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia católica.

Efectivamente, por causa de las varias discrepancias existentes entre ellos y la Iglesia católica, ya en cuanto a la doctrina, y a veces también en cuanto a la disciplina, ya en lo relativo a la estructura de la Iglesia, se interponen a la plena comunión eclesiástica no pocos obstáculos, a veces muy graves, que el movimiento ecumenista trata de superar. Sin embargo, justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo y, por tanto, reciben el nombre de cristianos con todo derecho y justamente son reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia católica.

Es más: de entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica: la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y algunos dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles; todo esto, que proviene de Cristo y a El conduce, pertenece por derecho a la única Iglesia de Cristo.

Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales, de varias formas, según la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación.

Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia.

Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus comunidades y sus iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que regeneró y vivificó en un cuerpo y en una vida nueva y que manifiestan la Sagrada Escritura y la Tradición venerable de la Iglesia. Solamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación, puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. Pueblo que durante su peregrinación por la tierra, aunque permanezca sujeto al pecado, crece en Cristo y es conducido suavemente por Dios, según sus inescrutables designios, hasta que arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial.



La Unidad, la Paz, la Evangelización, la vida y todo, es al mismo tiempo DON y Tarea. Don gratuito y generoso; tarea irreemplazable e ingente. Como don, recibirlo, agradecerlo, pedirlo; como tarea cumplirla, amarla, vivirla.


CRISTIANO:  Seguidor de Cristo
 CRISTIANO:  Testigo de Cristo.

Queremos cristianos PERO  no con doble nombre, ( o apellido):
"yo soy de Pablo", "yo soy de Apolo", "yo soy de Pedro".  Soy Pelagiano: " seguidor de Pelagio."
"Yo soy Luterano: seguidor de Lutero", pero, yo soy Calvinista seguidor de Calvino, ¿Acaso Cristo esta dividido ?.


Porque así como el Espíritu de Dios trata de hacer de todos, Judíos y Gentiles, una sola cosa en Cristo, el espíritu del mal trata de dividirnos por cualquier motivo, personal , político, económico, religioso :   Yo soy de una Iglesia Episcopal, pero yo Presbiteriana, y yo laica, yo bajo nuestro rey, yo con Ministros de la Palabra, yo sin ellos; yo sin sacramentos, yo solo con dos, yo con cinco.

Y si esto sucedió a los primeros reformadores, con mayos razón esto mismo vale de Smith,  y la Mueva generación, Menonitas, Evangelistas , Pentecostales, Adventistas y de los últimos tiempos; la luz del mundo y otros mil,  que se han convertido en fundadores de Iglesias y han fragmentado totalmente a la Iglesia en AméricaY por mucho tiempo los cristianos han combatido los unos contra los otros.

"La desunión es una herida en el cuerpo de la Iglesia de Cristo. Y nosotros no queremos que esa herida permanezca. La desunión es obra del padre de la mentira, del padre de la discordia, que siempre busca que los hermanos estén divididos".

Cercaníainclusión, escucha.
La unidad, la paz, la evangelizacion, la vida y todo, son al mismo tiempo Un Don y una Tarea: "Enseñar rezando, anunciar la fe creyendo, dar testimonio viviendo"
Unión de su ser con el Espíritu; tener la fortaleza física, también, para estar de pie, para levantarse, para estar preparado a ir con el pueblo al cual va a ser enviado; y tercero, tener esta capacidad de escucha, especialmente de escucha de Dios, porque él es el que lo va a enviar.


  “¡Os habéis equivocado de camino ! Volved al camino de Dios!”. Pero, no estamos tan totalmente perdidos: “El movimiento ecuménico ha permitido a las iglesias y comunidades eclesiales en Europa cumplir grandes pasos sobre el camino de la reconciliación y de la paz”.

Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria. -  Isaias 66, 18
A pesar de los muchos logros ecuménicos de los últimos cincuenta años, “la misión y el testimonio cristiano todavía sufren debido a nuestras divisiones”. Los desacuerdos sobre diversos temas --en particular las cuestiones antropológicas, éticas y sociales, así como las relacionadas con la comprensión de la naturaleza y las condiciones de la unidad que buscamos-- exigen un esfuerzo ulterior.

  “La gran oración de Jesús” es que la Iglesia esté unida, que los cristianos “sean una sola cosa” como Jesús lo es con su Padre. Y al lado está la “gran tentación”: no ceder al otro “padre”, el de la “mentira” y de la “división”.

El precio que Jesús ha pagado para que la Iglesia estuviera siempre unida a Él y a Dios son su llagas.

Ninguna comunidad cristiana puede ir adelante sin el apoyo de la oración perseverante, la oración que es el encuentro con Dios, con Dios que nunca falla, con Dios fiel a su palabra, con Dios que no abandona a sus hijos. En la oración, el creyente expresa su fe, su confianza, y Dios expresa su cercanía, también mediante el don de los Ángeles, sus mensajeros.

Evangelization is not proselytism: Evangelization does not consist in proselytizing, for proselytizing is a caricature of evangelization, but rather evangelizing entails attracting by our witness those who are far off, it means humbly drawing near to those who feel distant from God in the Church, drawing near to those who feel judged and condemned outright by those who consider themselves to be perfect and pure  (Holy Mass in Bicentenario Park, Quito, July 7, 2015).


CARTA ENCÍCLICA  UT UNUM SINT DEL SANTO PADRE  JUAN PABLO II SOBRE EL ECUMENISMO
 El fin último del movimiento ecuménico es el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los bautizados.


III  QUANTA EST NOBIS VIA?

Continuar intensificando el diálogo
En vista de esta meta, todos los resultados alcanzados hasta ahora no son más que una etapa, si bien prometedora y positiva.
El ecumenismo implica que las Comunidades cristianas se ayuden mutuamente para que en ellas esté verdaderamente presente todo el contenido y todas las exigencias de « la herencia transmitida por los Apóstoles ».130 Sin eso, la plena comunión nunca será posible. Esta ayuda mutua en la búsqueda de la verdad es una forma suprema de caridad evangélica.
La búsqueda de la unidad se ha puesto de manifiesto en varios documentos de las numerosas Comisiones mixtas internacionales de diálogo. En tales textos se trata del Bautismo, de la Eucaristía, del Ministerio y la Autoridad partiendo de una cierta unidad fundamental de doctrina.
Este camino hacia la necesaria y suficiente unidad visible, en la comunión de la única Iglesia querida por Cristo, exige todavía un trabajo paciente y audaz. Para ello es necesario no imponer más cargas de las indispensables (cf. Hch 15, 28).
Podemos ahora preguntarnos cuánto camino nos separa todavía del feliz día en que se alcance la plena unidad en la fe y podamos concelebrar en concordia la sagrada Eucaristía del Señor. 

!concelebrar en concordia la sagrada Eucaristía! No solo recibir la comunión.

Desafios de la Familia

Matrimonios mixtos y con disparidad de culto.

126. (54) Las intervenciones de los Padres sinodales hicieron referencia a menudo a las problemáticas relativas a los matrimonios mixtos. La diversidad de la disciplina matrimonial de las Iglesias ortodoxas en algunos contextos plantea problemas acerca de los cuales es necesario reflexionar en ámbito ecuménico. Análogamente para los matrimonios interreligiosos será importante la contribución del diálogo con las religiones.

127. Los matrimonios mixtos y los matrimonios con disparidad de culto presentan múltiples aspectos críticos que no tienen fácil solución, no tanto a nivel normativo sino más bien a nivel pastoral. Véase, por ejemplo, la problemática de la educación religiosa de los hijos; la participación en la vida litúrgica del cónyuge, en el caso de matrimonios mixtos con bautizados de otras confesiones cristianas; el hecho de compartir experiencias espirituales con el cónyuge perteneciente a otra religión o incluso no creyente en búsqueda. Por eso, haría falta elaborar un código de buena conducta, de modo que ningún cónyuge sea un obstáculo al camino de fe del otro. Para esto, a fin de afrontar de modo constructivo las diversidades en orden a la fe, es necesario prestar particular atención a las personas que se unen en tales matrimonios, no sólo en el período anterior a las nupcias.

128. Algunos sugieren que los matrimonios mixtos se consideren entre los casos de “grave necesidad” en los cuales es posible a bautizados fuera de la plena comunión con la Iglesia Católica, pero que comparten con ella la fe en la Eucaristía, ser admitidos a la recepción de tal sacramento en falta de los propios pastores (cfr. EdE, 45-46; Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio para la Aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo, 25 de marzo de 1993, 122-128), teniendo en cuenta también los criterios propios de la comunidad eclesial a la cual pertenecen.

28. (7) Existen contextos culturales y religiosos que plantean desafíos particulares.
Los matrimonios mixtos y de disparidad de culto, con todas las dificultades que conllevan respecto a la configuración jurídica, al bautismo y a la educación de los hijos y al respeto mutuo desde el punto de vista de la diversidad de la fe. Estos matrimonios corren el riesgo del relativismo o de la indiferencia, pero a su vez pueden representar una buena posibilidad para favorecer el espíritu ecuménico y el diálogo interreligioso en una armoniosa convivencia de comunidades que viven en el mismo lugar.





Hoy el Papa Francisco pide: “intensificar el debate sobre temas ecuménicos cruciales” y a encontrar formas para que los cristianos testimonien juntos  "la comunión real pero imperfecta que comparten todos los bautizados".

Con la certeza de que tenemos un solo Señor: Jesús es el Señor. Con la certeza de que este Señor está vivo: Jesús vive, vive el Señor en cada uno de nosotros. Con la certeza de que nos ha enviado el Espíritu que prometió para que realizara esa “armonía” entre todos sus discípulos”.“buscando juntos, pidiendo juntos la gracia de la unidad”.  Que así dice Yahveh a la casa de Israel: !buscadme a Mi y viviréis!. -  Amos 5, 4. 


79. Desde ahora es posible indicar los argumentos que deben ser profundizados para alcanzar un verdadero consenso de fe: 1) las relaciones entre la sagrada Escritura, suprema autoridad en materia de fe, y la sagrada Tradición, interpretación indispensable de la palabra de Dios; 2) la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, ofrenda de alabanza al Padre, memorial sacrificial y presencia real de Cristo, efusión santificadora del Espíritu Santo; 3) el Orden, como sacramento, bajo el triple ministerio del episcopado, presbiterado y diaconado; 4) el Magisterio de la Iglesia, confiado al Papa y a los Obispos en comunión con él, entendido como responsabilidad y autoridad en nombre de Cristo para la enseñanza y salvaguardia de la fe; 5) la Virgen María, Madre de Dios e Icono de la Iglesia, Madre espiritual que intercede por los discípulos de Cristo y por toda la humanidad.

Esta Iglesia, no es creación humana, es revelada. Su fundamento es Cristo, el Verbo de Dios, "el pensamiento" de Dios, por el cual fueron creadas todas las cosas y por eso toda lleva algo de El. Es UNA porque Dios es uno. Es SANTA con la santidad de todo lo divino que contiene, y sigue siendo santa aun cuando falle la probidad moral de alguno de sus miembros y ahora de muchos de sus ministros,  porque  esta formada por pecadores que tienen luchar contra el pecado, o perderse* .  Es UNIVERSAL porque esta llamada a unir con Dios a todos los hombres. Y es APOSTÓLICA porque su fundamento son los 12 y su sucesores. No es un entidad democrática, es jerarquice, su jefe es Cristo y los Apóstoles son sus servidores.

Solo quien vive en Cristo promueve y defiende a la Iglesia con la santidad de vida, a ejemplo de Pedro y Pablo. La diferencia entre los verdaderos profetas y los que no lo son, es muy sencilla: Unos viven a la escucha"Con los ojos fijos siempre en Jesús", dicen lo de El. Los otros no escuchan, hablan lo suyo

El testimonio más eficaz y más auténtico consiste en no contradecir con el comportamiento y con la vida lo que se predica con la palabra y lo que se enseña a los otros.  Enseñad a rezar rezando, anunciad la fe creyendo, dad testimonio con la vida. 



Sin cercanía no hay comunidad.
Los cristianos deben acercarse y tender la mano a aquellos que la sociedad tiende a excluir, como hizo Jesús con los marginados de su tiempo.

“No se puede hacer comunidad sin cercanía. No se puede hacer paz sin acercarse, ni se puede hacer el bien sin acercarse".

El Obispo de Roma lo ha explicado así: “Muchas veces pienso que sea, no digo imposible, pero muy difícil hacer el bien sin mancharse las manos".  Jesús se hace pecado. “Se hace pecado. 

Se ensució las manos tocando a los leprosos, cuidándolos. Y así enseñó a la Iglesia que “no se puede hacer comunidad sin cercanía".

Jesús se excluye, ha tomado consigo la impureza por acercarse a nosotros”. Y Jesús se manchó. Cercanía.

Y después va más allá. Le dijo: ‘Ve donde los sacerdotes y haz lo que se debe hacer cuando un leproso es sanado’. Al que era excluido de la vida social, Jesús lo incluye: lo incluye en la Iglesia, lo incluye en la sociedad…

“No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve, preséntate al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés”.  De este modo, el Papa ha precisado que esto es porque Jesús además de la proximidad quiere también la inclusión.



Por otro lado, el Pontífice reconoce que la unidad no la van a hacer los teólogos, “los teólogos nos ayudan, la ciencia de los teólogos nos va a ayudar, pero si esperamos que los teólogos se pongan de acuerdo, la unidad recién se va a lograr al día siguiente del día del Juicio Final”. La unidad --subraya-- la hace el Espíritu Santo.

Dios manifestó en sus mártires y santos, y hoy en inmensurables cristianos perseguidos, el misterio de la participación en la Cruz de Cristo. 
“Hoy estamos viviendo, queridos hermanos, el ecumenismo de la sangre”, observa el Papa. Y esto, según el Papa, “nos tiene que animar a hacer lo que estamos haciendo hoy: orar, hablar entre nosotros, acortar distancias, hermanarnos cada vez más”.

En todas las grandes religiones, hay rayos de luz, semillas de verdad que son para llevarnos a Dios, pero sobre todo en todas partes esta el dolor que nos lleva a la participación en la Cruz de Cristo que quiso que Su Iglesia  LO CONTINUARA en el tiempo y atrajera  A TODOS hacia Dios.


La Iglesia «no es una institución inventada y construida en teoría..., sino una realidad viva... Vive a lo largo del tiempo, en devenir, como todo ser vivo, transformándose... Sin embargo su naturaleza sigue siendo siempre la misma, y su corazón es Cristo»Todo los demás son añadiduras que le roban a Cristo su lugar primero y único.

 La Iglesia es un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo y vive realmente por la fuerza de Dios. Ella está en el mundo, pero no es del mundo: es de Dios, de Cristo, del Espíritu. 

La Iglesia vive, crece y se despierta en las almas, que —como la Virgen María— acogen la Palabra de Dios y la conciben por obra del Espíritu Santoofrecen a Dios  la propia carne y, precisamente en su pobreza y humildad, se hacen capaces de generar a Cristo hoy en el mundo. Y de iniciar un mundo nuevo de armonia, justicia, amor y paz.


La destrucción total del pecado es la redención realizada en Cristo Jesús.


Por eso el centro del culto católico en la Iglesia es la Misa y con ella la participación mística del sacrificio de Jesús en cada alma: Cristo se une a nosotros, nos incorpora a El , nos comunica su misma vida , conservando su persona, cada uno, vive la misma vida de Cristo para completar su misión: la de salvar al mundo por la Cruz.  


Dios que había creado todas las cosas por Cristo (Juan 1,3), restauro su obra, desordenada por el pecado, re-creándola en Cristo.   Porque en Cristo estaba reconciliando al mundo consigo , no tomando en cuenta las transgresiones de los hombressino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación-  2  Corintios 5, 19


A quien no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a se justicia de Dios en El. 2  Corintios 5, 21.  Y murió por todos para que ya no vivan para si los que viven, sino "para aquel que murió y resucito por ellos".   2  Corintios 5, 15

! Pobre de Mi ! 
¿Quien me librara de este cuerpo que me lleva a la muerte?.  Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la Ley de Dios, mas con la carne a le ley del pecado. - Romanos 7, 24f
Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios.  Romanos 3, 23f
¿Quien puede decir: "purifique mi corazónestoy libre de pecado".  - Proverbios 20, 9

 «La Iglesia se despierta en las almas». 
 En todas partes HAY algunos seguidores de Cristo, testigos de Cristo, verdaderos "otros" Cristo, como Pablo, movidos por El Espíritu Santo, para continuar su obra, y ahí esta la semilla que atraerá a todos a avanzar hacia la plena comunión de voluntades: primero la de cada uno, fundida en la de Dios y luego la de todos juntosunificada con la de Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos.  



El misterio mas grande de la Creación es la unión de lo Humano con lo divino , Realizado En Primera Persona en Cristo , consumado el la Cruz y Extendido a la Humanidad Entera por Medio de Su Santo Espíritu en la Iglesia y el mundo. 


A través de la Iglesia, el Misterio de la Encarnación permanece presente para siempre. Cristo sigue caminando a través de los tiempos y de todos los lugares.


"Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo inmaculado a Dios".
  Si la Cruz fue el centro de la devoción al Padre en Jesús, tiene que serlo también en nosotros: Con Cristo estoy crucificado... y vivo, pero no yo, sino que es Cristo el que vive en mi;  la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amo y se entrego a Si mismo por mi. Galatas 2, 19b +20


El es la vid a la cual estamos íntimamente unidos.
La Iglesia "no es una institución RE-inventada  en teoría y y RE-construida POR CADA QUIEN  a su gusto ... [es una realidad viva ... fincada en lo humano y transformada por lo divino]. Vive en el tiempo para convertirse en realidad, (al igual que todos los seres vivos), por medio de su transformación bajo el régimen y el impulso amoroso del Espíritu Santo "abrazarnos con Jesús",  "fundirnos", "hacernos una sola cosa con El";  y por El y en El, ser hijos adoptivos del Padre para rendir culto a Dios vivo.



Porque si bien es verdad que la criatura, en la medida en que es inferior al Creador, ama menos que él, puede amarle con todo su ser, y nada falta allí donde hay totalidad...

     Este es el amor puro y desinteresado, el amor más delicado, tan apacible como sincero, mutuo, íntimo, fuerte, que une a los dos amantes no en una sola carne sino en un solo espíritu, de manera que ya no son dos sino uno solo, según dice san Pablo: «El que se une al Señor es un espíritu con él» (1C 6,17)..




¿Como puedo saber si una Iglesia no es la Iglesia de Cristo?.
Luego vi a otro Angel que volaba por lo alto del cielo y tenia una Buena Nueva eterna que anunciar a los que estan en la tierra, a toda nacion, raza, lengua y pueblo.  -  Apocalipsis  14,  6

Cuando son muchas, cuando no tienen a Cristo, cuando son para un grupito (clase ... etnia... país), cuando no tienen la sucesión Apostólica.

 Tu eres NO ERES CRISTIANO si no eres  Seguidor, ni Testigo de Cristo, ni otro Cristo, adorador del Padre, continuador de su obra y generoso con sus hermanos. Si el CRISTIANO no se deja tocar por la misericordia de Dios y a su vez ama al prójimo, como hacen los santos (al dedicar su vida por los otros), termina siendo un hipócrita.

 Nuestra  vida espiritual, consiste en nuestra incorporación a Jesúsen nuestra unión con El, nosotros somos los sarmientos  y  El es la vid a la cual estamos íntimamente unidos y de donde tomamos la savia y la vida Pues de El, por El y para El son todas las cosas. Obra suya, libres del pecado y en comunión con el Padre y el Hijo, por el Espíritu Santo que hemos recibido.

 Jesús reza “por la unidad de su pueblo, por la Iglesia”. Pero Jesús “sabe – afirma Francisco – que el espíritu del mundo” es “un espíritu de división, de guerra, de envidias, de celos, también en las familias, también en las familias religiosas, también en las diócesis, también en toda la Iglesia: es la gran tentación”. Esa que lleva, dice, a las murmuraciones, a etiquetar, a marcar a las personas. Todas estas actitudes que la oración de Jesús pide rechazar.
 Los cristianos de hoy están llamados a pedir la gracia de la unidad y a luchar para que entre ellos no se insinúe el “espíritu de división, de guerra, de celos”

Pero en todas partes HAY también muchos que NO son seguidores de Cristo, y por eso mismo tampoco son TESTIGOS de Cristo y mucho menos "otro Cristo", recibieron, si, el Espíritu Santo en su Bautismo o  en su ordenación, pero lo han desterrado con su vida. Pera aun a estos déjenlos... porque si una planta no la sembró Dios, esa se evaneceDejadlos: son ciegos que guían a ciegos. -   Mateo 15, 14. 

Yo sé que después de mi partida, (dice san Pablo), se introducirán entre ustedes lobos rapaces, que no tendrán piedad del rebaño y sé que, de entre ustedes mismos, surgirán hombres que predicarán doctrinas perversas y arrastrarán a los fieles detrás de sí. Por eso estén alerta. Acuérdense que durante tres años, ni de día ni de noche he dejado de aconsejar, con lágrimas en los ojos, a cada uno de ustedes.  Estos son los depredadores que con su mal testimonio alejan a los otros de Cristo. Pero también estos son los que deben cambiar y regresar al único que puede salvarlos y esta ansioso de recibirlos.

No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen,  sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. -  2 Pedro 3, 9

Los fieles laicos en la Iglesia son como un enorme gigante dormido, que va despertando para asumir la tarea propia en la Iglesia y en el mundo: imbuir las realidades de este mundo con el espíritu del evangelio, a manera de fermento, como sal de la tierra y como luz del mundo. 

Renovarlo todo para llevarlo a su plenitud, purificándolo de todo lastre. La familia se hace nueva, el amor humano se hace nuevo, el trabajo adquiere un sentido nuevo, la vida social es otra cosa, y hasta la política adquiere su verdadera dimensión de servicio a la sociedad en el ejercicio de la caridad social. El Espíritu Santo todo lo hace nuevo, dejemos que entre en nuestros corazones.





... Así que, no jusgueis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminara los secretos de las tinieblas pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda. - 1 Corintios 4, 5





"Yo soy Cristiano seguidor  de Cristo."

Tu eres CRISTIANO si eres  Seguidor de Cristo.
Tu eres CRISTIANO si eres  Testigo de Cristo.

Si tu eres CRISTIANO  eres "alter Christus" - otro ungido, para continuar la misión de Cristo en la tierra. Y esto no vale solo para quienes han recibido el sacerdocio ministerial, sino para todos los Bautizados. Real y verdaderamente ahí nos unimos a Jesús, somos sarmientos introducidos en la Vid para ser partícipes de su savia y de su vida: En Cristo vivir como hijos del Padre y con los demás como hermanos. 
Mantener vivo el sentido religioso de la humanidad de hoy y de nuestra sociedad en el mundo profesional, social, económico, cultural y político.  
Transformar desde dentro las realidades temporales: “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios”. 



Dios no tiene sino un ideal que en su unidad prodigiosa encierra todas las formas de belleza superior porque es divina. Este ideal es Jesús.

La formula de la santidad es esta:  ser santo es ser Jesús, es 
ser Jesús crucificado, Ser santo es ser victima, es ofrecerse como victima, es ofrecerse como sacrificio de adoración, como holocausto de amor al Padre celestial. "Padecerlo todo con paciencia y alegría, pensado en las penas de Cristo Bendito, las cuales tuvo que pasar por nuestro amor". Antiguamente se ofrecían sacrificio y holocaustos, con la sangre de toros, corderos o palomas, hoy se ofrece el propio  sacrificio: Eso hizo Jesús, eso tenemos que hacer nosotros: Ofrecerle y ofrecerse, ser sacerdote y ser victima y ser también el altar donde el Cristo que vive en nosotros se ofrece inmaculado al Padre haciendo suyos nuestros propios sufrimientos y ofreciendolos por nosotros mismos y por todos los demás.

Todo el organismo sobrenatural que broto de la Cruz, como divina semilla, tiende a REPRODUCIR el árbol que la produjo, a renovar en las almas el misterio de la Cruz, porque ahí las unió Dios, ahí se encuentran fundidas en la unidad del dolor, la mas perfecta que existe, después de la unidad del Amor, que es el seno de Dios. 



Nuestro camino, como el de Pedro:  
“Tú eres Simón, hijo de Jonás. Serás llamado Pedro”. ¿y cómo está el alma de Pedro en esa primera mirada? “Entusiasmada. El primer ímpetu es ir con el Señor”.

Cuando Pedro niega a Jesús tres veces: “Ha perdido todo. Ha perdido su amor y cuando el Señor cruza su mirada llora”. Así, el Santo Padre ha subrayado que “el Evangelio de Lucas dice que Pedro lloró amargamente. Ese entusiasmo de seguir a Jesús se ha convertido en llanto, porque él ha pecado: él ha negado a Jesús.  Esa mirada cambia el corazón de Pedro, más que antes. El primer cambio es el cambio de nombre y también de vocación”. Esta segunda mirada  es una mirada que cambia el corazón y es un cambio de conversión al amor.

Por tercera vez le pregunto Jesús: ‘¿Me amas?’ Y él dice: ‘Pero, Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’. Y Jesús responde: ‘apacienta mis ovejas’”.  El Santo Padre ha subrayado que esta tercera mirada es la mirada de la misión. Es una tercera mirada, ha observado, “la mirada es la confirmación de la misión", pero también la mirada en la cual Jesús pide confirmación sobre el amor de Pedro. 

La primera mirada: la vocación,  la segunda: la conversación del corazón, la tercera: “la mirada es la confirmación de la misión",
 “la primera, la mirada de la elección con el entusiasmo de seguir a Jesús; la segunda, la mirada del arrepentimiento en el momento del pecado tan grave de haber negado a Jesús; la tercera mirada es de conversión al amor: confirmación sobre el amor de Pedro a Jesús. "la mirada de la misión", del amor a lo que es de Jesús: ‘apacienta mis corderos’, ‘alimenta mis ovejas’, ‘alimenta mis ovejas’”.


Un trasunto de la vida en Dios:  

 Vivir vida cristiana es abrazarnos con Jesús,  fundirnos,  hacernos una sola cosa con El;  y por El y en El,  ser hijos adoptivos del Padre y estar bajo el régimen y el impulso amoroso del Espíritu Santo. 

 Es entrar en el seno de Dios, 
es comenzar a vivir en la tierra
en comunión con  nuestro hermanos, 
la vida que ha de ser nuestra felicidad en el cielo: 


 El Espíritu Santo "gravando a Fuego" la Imagen de Jesús en nuestra alma Una mirada de Amor infinito del Padre " haciéndonos hijos en su amado Hijo"; Y "el Hijo, ofreciéndose en oblación" juntamente con nosotros al Padre. 
 Y a como el Padre y el Verbo se enlazan en la unidad del Espíritu Santo, esto es, en la unidad del Amor; las almas se unifican en la Cruz de Cristo, que es la unidad del dolor.

Rm 8,14-17
Hermanos: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.


La penetración del alma por el fuego divino.

La vida espiritual no es otra cosa que la penetración del alma por el fuego divino. Al principio no arde totalmente el alma porque necesita purificarse para que el fuego divino la penetre con toda perfección. Poco a poco el alma va ardiendo mas profundamente  y llega a ser tan completa esta espiritual combustión del alma que esta se divinizaen cierta manera arde con el fuego de Dios, el Espíritu Santo la mueve para amar tan intima y plenamente que “ama con el Espíritu Santo”, que aquel amor se atribuye, con toda verdad, mas al Espíritu Santo que a ella.




Los Fieles laicos son: "La línea más avanzada de la vida de la Iglesia". Por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. 

Entonces, ¿Porque tu no eres un "cristiano de primera"?.
¿Porque todos los simples fieles parecemos cristianos de segunda?.
¿Porque no somos Testigos de Cristo, !NI SUS AMIGOS!,ni sus seguidores, !NI NOS OCUPAMOS DE EL!, Ni de su gloria, NI CUENTA CON NOSOTROS ?. 
¿Porque medio cumplimos oyendo alguna misa y bautizando a los hijos?.
¿Porque somos CRISTIANOS , !pero no seguidores  de Cristo!.
¿Porque somos objeto de Evangelización !pero no evangelizadores de nuestro mundo profesional, social, económico, cultural y político!.?

Ya Pío XII decía: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. 

El amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia.
San Pablo llega a comparar el amor de los esposos con el amor de Cristo por su Iglesia y al pedir a los cristianos que "se sometan" los unos a los otros, quiere decir que se pongan al servicio de los demás, como Cristo que siendo el Señor, vino a servir. Una cosa semejante pide a las esposas, y al esposo le pide que ame a su esposa dándose a ella, como Cristo nos amo y se dio por nosotros.

Es lo que el apóstol Pablo resume en su célebre expresión: «Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia». Inspirado por el Espíritu Santo, Pablo afirma que el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. ¡Una dignidad impensable! Pero en realidad está inscrita en el diseño creador de Dios, y con la gracia de Cristo innumerables parejas cristianas, aún con sus límites, sus pecados, lo han realizado.

Según la imagen bíblica de la viña, los fieles laicos —al igual que todos los miembros de la Iglesia— son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera vid, convertidos por Él en una realidad viva y vivificante.

Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia.

Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más profunda “fisonomía”, la que está en la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana de los fieles laicos. 

En Cristo Jesús, muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una “nueva creación” (Ga 6, 15; 2 Co 5, 17), una creación purificada del pecado y vivificada por la gracia. 

Partícipes a su modo del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde.

Al dar una respuesta al interrogante “quiénes son los fieles laicos”, el Concilio, superando interpretaciones precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y a su misterio, y el carácter peculiar de su vocaciónque tiene en modo especial la finalidad de “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios”.


De modo particular, el Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. 

Y los Padres conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña: “Este Sacrosanto Concilio ruega en el Señor a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. 

 "El Reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza que tomo un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente mas pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas. -  Mateo 13, 31f

Id también vosotros a mi viña.
Sientan los jóvenes que esta llamada va dirigida a ellos de manera especialísima; recíbanla con entusiasmo y magnanimidad

 Estas palabras han resonado espiritualmente, una vez más, durante la celebración del Sínodo de los Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre el 1º y el 30 de octubre de 1987. Colocándose en los senderos del Concilio y abriéndose a la luz de las experiencias personales y comunitarias de toda la Iglesia, los Padres, enriquecidos por los Sínodos precedentes, han afrontado de modo específico y amplio el tema de la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. 


Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que el camino posconciliar de los fieles laicos no ha estado exento de dificultades y de peligros. En particular, se pueden recordar dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse: la tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una 
práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vidaentre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas. 

Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso. 

Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica: “Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vio otros que estaban allí, y les dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?" Le respondieron: "Es que nadie nos ha contratado". Y él les dijo: "Id también vosotros a mi viña"“ 
(Mt 20, 6-7). 
No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor. El “dueño de casa” repite con más fuerza su invitación: “Id vosotros también a mi viña”. 


La imagen de la viña se usa en la Biblia de muchas maneras y con significados diversos; de modo particular, sirve para expresar el misterio del Pueblo de Dios. 

Jesús retoma el símbolo de la viña y lo usa para revelar algunos aspectos del Reino de Dios: 
Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, edificó una torre; la arrendó a unos viñadores y se marchó lejos” (Mc 12, 1; Cf. Mt 21, 28ss.). 

El Reino de los Cielos es semejante a un propietario, que salió a primera 
hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña” (Mt 20, 1-2). 

Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo. Lo recuerda San 
Gregorio Magno quien, predicando al pueblo, comenta de este modo la parábola de los obreros de la viña: “Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del Señor”.

El evangelista Juan nos invita a calar en profundidad y nos lleva a descubrir el misterio de la viña. Ella es el símbolo y la figura, no sólo del Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él es la vid y nosotros, sus discípulos, somos los sarmientos; Él es la “vid verdadera” a la que los sarmientos 
están vitalmente unidos (Cf. Jn 15, 1 ss.). 



Juan 16, 12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
—«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora;
cuando venga él, el Espíritu de la verdad, El os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.  Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que toma de lo mío y os lo
anunciará.» 

La vida Cristiana es UN CAMINAR hacia la Resurrección de Cristo. 
Aquí en la tierra, la virtud o el vicio son progresivos: Se va alcanzando mayor virtud, humildad, desprendimiento: hasta llegar a la suprema desnudez de la Cruz de Cristo, que allá en el cielo se transforma en la plenitud del Resucitado, o sin Dios, en la perdida definitiva de su Luz, su Amor, su felicidad, que con tanta insistencia nos había ofrecido.


Si el CRISTIANO no se deja tocar por la misericordia de Dios y a su vez ama al prójimo, como hacen los santos (al dedicar su vida por los otros), termina siendo un hipócrita. Así lo ha advertido el santo padre Francisco en la homilía de esta mañana en la misa celebrada en Santa Marta.

" Nosotros somos libres, hacemos nuestra voluntad, pero si en el camino de la vida hago solo lo que quiero, lo que me gusta, seguimos un camino de endurecimientos: el corazón se endurece, se petrifica. Y la Palabra del Señor no entra. Y el pueblo se aleja. También nuestra historia personal se puede convertir en esto. Y hoy, en este día cuaresmal, podemos preguntarnos: ‘Yo, escucho la voz del Señor, o hago lo que quiero, lo que me gusta?”

El bien y el mal son progresivos: 
El mal se expande en quien lo perpetra, como una mancha se extiende en una tela, o como el cáncer se va extendiendo hasta invadir todo el organismo que lo padece. Pero el Bien se difunde al exterior, como  la vida que se comunica, como la alegría que se contagia, como la verdad que se difunde, como el bien que no se cansa de dar. Como Dios que se derrama siempre en creaciones, y elevaciones y reparaciones de amor, de belleza, de misericordia.


 “en una sociedad cada vez más marcada por el secularismo y amenazada por el ateísmo, se corre el riesgo de vivir como si Dios no existiera. El hombre siente a menudo la tentación de tomar el lugar de Dios, de considerarse el criterio de todo, de pensar que puede controlar todo, de sentirse autorizado a usar todo lo que le rodea según su arbitrio”.

"En cambio, es muy importante –ha proseguido el Papa-- recordar que nuestra vida es un don de Dios, y que a él debemos confiarnos y dirigirnos siempre. Judíos y cristianos tienen el don y la responsabilidad de contribuir a mantener vivo el sentido religioso de la humanidad de hoy y de nuestra sociedad, dando testimonio de la santidad de Dios y de la vida humana: Dios es santo y sagrada e inviolable es la vida que nos ha dado”.
 "Que Dios nos dé esta gracia del estupor del encuentro y también nos ayude a no caer en el espíritu de mundanidad, es decir, el espíritu que en detrás o debajo de un barniz de cristianos nos lleva a vivir como los paganos".

"alter Christus" 
Si un un Cristiano puede llamarse "alter Christus"  - otro Cristo -  otro UNGIDO con el mismo Espíritu Santo que ungió a Cristo para hacerlo nuestro Salvador. Con mayor razón un sacerdote ES Y  DEBE SER  " Otro Cristo", para extender y continuar su obra se salvación.

Y si todos los cristianos por el bautismo es el templo del Espíritu Santo, los sacerdotes son no sólo el templo, pero su posesión.  Porque el Padre los ha dedicado eternamente al Espíritu Santo ; porque yo, el Hijo,  se los conquiste con mis méritos infinitos ; porque  el mismo Espíritu Santo  cuando obro la encarnación en María virgen también sembró su vocación sacerdotalEl  se complace en deificarlos con el contacto del Verbo de Dios y pone en esa vocación un fibra de la fertilización del Padre   y un reflejo  de su Inmaculada Esposa Maria, imagen de su Iglesia.


Y aquí llegamos al punto final de la transformación en Mí, a la más alta de su perfecta unidad en la Trinidad . Aquí está también el secreto de la atracción el sacerdote respecto a las almas; de la fecundidad de su ministerio, la comunicación, de la pureza, la unidad, la luz, las virtudes  de lo divino ;  no es el sacerdote que vive , soy Yo el que vivo en él  con todas mis virtudes, carismas y regalos, e incluso con la comunicación del esplendor eterno de la Trinidad.


Yo en ellos, el Padre y el Espíritu Santo en Mí , todos formando una sola unidad.

Hasta esta fusión final de UNIÓN de las almas sacerdotales con Dios y en Dios,  quiero alcanzar  en mis sacerdotes. Este es el punto final del ideal más alto elevado y hermoso de mi Padre al engendrar eternamente en su entendimiento, a la Iglesia  con todos los miembros que la forman,  hasta endiosarlos a través de su transformación en Mi Dios hombre . 

Este fue también el bello ideal del Padre engendrando en María a su Palabra Eterna, a través del Espíritu Santo, que en su objetivo: no era hacer muchos dioses, sino un  solo Dios que une a todos los sacerdotes en El  y hecho hombre, no deja de ser Dios por su perfecta unidad en la Trinidad

Esta unidad en la Trinidad le pedí a mi Padre, y en un arranque de amor infinito por el Hijo, a mi Dios-hombre, me la ha concedido  que sean uno con El y conmigo, a través de su transformación en Mi.  Yo en ellos, el Padre y el Espíritu Santo en mí , todos formando una sola unidad.

"Yo soy la vid, vosotros los sarmientos" y muchos otros el "fruto" de la vid: miles de almas vinculadas a cada sarmiento.

¿Ves ahora claro porque ellos tienden ha esa unidad eterna en Mi?,  ¿por qué quiero que mis sacerdotes estén acerca de Mí ?.  Y que,  por lo que hice en esa fusión de ellos en Mi, nos perdamos todos en la Trinidad, volviendo al seno santo y divino del Padre, donde fuimos - ellos y yo, con la Iglesia - engendrado eternamente.


¿No es la justicia que "en los últimos tiempos" anhele y obtenga por fin la reacción de   mis sacerdotes en Mí, por amor y con el fin de volver al Padre lo que es del Padre,  a su  Jesús ya no solo sino con todos los sacerdotes en El,  formando un solo Salvador . 

"Y es un hecho que un sacerdote transformado en Mi puede llegar a ese grado de elevación,  de esa fusionen en la Trinidad y en Mi Jesucristo, Dios y hombre; porque nadie va al Padre ni sabe si no voy a dar a conocer. "

No fueron ellos los que me eligieron a Mi,  mi amor se adelanto a su amor , e incluso antes de darles el ser y con él la vocación al sacerdocio para servir a mi Iglesia,  El Padre en la eternidad los había concebido en su mente con la elección singular , en una mirada intemporal del amor del Padre.  A partir de ese principio, es como el Padre me miró a Mi en mis sacerdotes y mis sacerdotes en Mí . A el sacerdote solo se le pide una inmensa gratitud por el DON recibido



Alter Christus, el sacerdote está profundamente unido al Verbo del Padre, que al encarnarse tomó la forma de siervo, se convirtió en siervo (cf. Flp 2, 5-11). El sacerdote es siervo de Cristo, en el sentido de que su existencia, configurada ontológicamente con Cristo, asume un carácter esencialmente relacional: está al servicio de los hombres en Cristo, por Cristo y con Cristo

Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación, madurando, en esta aceptación progresiva de la voluntad de Cristo, en la oración, en el "estar unido de corazón" a él. Por tanto, esta es la imprescindible condición de todo anuncio, que conlleva la participación en el ofrecimiento sacramental de la Eucaristía y la obediencia dócil a la Iglesia. La Iglesia es la madre, "el vientre" donde Jesús engendra a sus nuevos hijos.


Y en los designios de Dios, todos tenemos que ser Jesús. Y esto no es una exageración, ni se trata de ninguna novedad. Recordemos lo que dice San Pablo: Hijitos míos a quienes engendró de nuevo hasta que se forme Cristo en vosotros. Luego en ellos se iba a formar Cristo y era lo que el Apóstol pretendía. Cristo se une a nosotros, nos incorpora a El ,nos comunica su misma vida¿para Que?. Para completar su misión, la de salvar al mundo por la Cruz.

Antes de formarlo en ellos, el Apóstol lo había formado en si mismo. !Vivo yo, ya no yo, ¡es Cristo el que vive en mi!. Por eso con razón se ha dicho que el cristiano es otro Cristo.:” Cristianus alter christus”. "Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor"-- Benedicto XVI dijo, en la homilía de la celebración, que el significado de esta misteriosa transformación “se nos muestra de forma admirable en la historia personal de san Pablo”. “En la historia de este extraordinario evangelizador, es claro que tal transformación no es el resultado de una larga reflexión interior y menos el resultado de un esfuerzo personal. Es, ante todo, obra de la gracia de Dios que ha actuado conforme a sus inescrutables caminos”

Por otra parte, aunque es indudable que la transformación perfecta es difícil, quiero hacer notar que ya estamos en cierta manera transformados, por el germen de la transformación recibida en el bautismo.
Sobre la fuente Bautismal, se verifica el mismo prodigio que en el Bautismo de Jesús. Ahí estaba Jesús hundiéndose en las aguas, la divina Paloma se cernía sobre Él, y se escuchó la voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Sobre toda fuente Bautismal se verifica el mismo prodigio, aun cuando no se vea con nuestros ojos mortales como se vio en el Jordán, pero real y verdaderamente ahí nos unimos a Jesús, somos sarmientos introducidos en la Vida para ser partícipes de su savia y de su vida; ahí el Espíritu Santo desciende sobre nosotros, y ahí el Padre dice: Este es mi hijo, mi hijo muy amado.

Si con solo lo que recibimos de Adán pretendiéramos transformarnos en Jesús, no solo sería difícil, sino imposible. Pero no, por el Bautismo ya somos Jesús, sin duda en esbozo, pero Jesús; solo falta hacernos perfectamente Jesús. Nuestro Señor no nos pone un lienzo en blanco y nos dice: dibuja aquí a Jesús; sino que da hace ya un retrato de Jesús y nos dice.
¡El Evangelio es capaz de cambiar a las personas!.  

El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a cuantos son esclavos de tantos espíritus malvados de este mundo: tanto el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad, la violencia  y la indiferencia. 

Cuando los pueblos han pecado y pesa sobre ellos la mano justiciera de Dios, no queda otro remedio que la expiación de los pecados por medio de la reparación y buenas obras. Todos tenemos que llorar e implorar perdón por los pecados cometidos. 
Hacer oración y ofrecer sus sufrimientos en expiación de sus propios pecados, en expiación de los pecados nacionales de los que somos parte, en expiación de los pecados del mundo entero.  A nadie debe excluir, por todos debe pedir. Implorar perdón por lo pasado y auxilio por lo venidero. 

La Palabra de Dios no puede encadenarse y atarse a una sola cultura, sino que está abierta a los hombres de todas las razas y de todos los pueblos.
El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien.  Él (Cristo), El es la Buena Nueva, que nos transforma sólo cuando nos dejamos transformar por ella.


La alegría del evangelio.

La alegría del evangelio es SABER que Dios nos ha dado a su Divino Hijo, una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva, adherirnos a El y contar con El en todo. Conocerlo, amarlo, seguirlo, y servirlo lo mas que nos sea posible. 

Si eres  Testigo de Cristo haz el evangelio creíble y aceptable. 
Si, amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Pero la cima del amor a Dios es el amor al prójimoAsí mostró Jesús su amor al Padre, amándonos hasta la muerte y muerte de Cruz. Y así nos lo ordeno:  ESTE ES MI MANDAMIENTO NUEVO: "Que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado".


Dejar de vivir solo para "nosotros mismos".
Dios es fiel, es siempre fiel porque no puede negarse a Si Mismo y siempre esta dispuesto a perdonar y recomenzar de nuevo. 

Con esta confianza filial, pongámonos en camino: Estamos invitados a  emprender un camino en el cual nos esforzamos por abrir los ojos y los oídos, pero sobretodo el corazón para ver las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos que nos interpelan.

Es un itinerario que comprende la cruz y la renuncia, 

no porque el Evangelio sea negación y renuncia, al contrario porque es apertura a los demás para ir mas allá de nuestro "huertecito" y eso implica dejar de vivir solo para "nosotros mismos" (o lo que es lo mismo: "los nuestros" - "nuestra denominación" - "nuestro grupito" ).

La Iglesia, como jerarquía, tiene una misión que es evangelizar especialmente la cultura. Y la Iglesia, como pueblo de Dios, tiene una misión preciosa que es evangelizar con el testimonio.

El testigo es uno que ha visto, con ojo objetivo, ha visto una realidad, pero no con ojo indiferente; ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento. Por eso recuerda, no solo porque sabe reconstruir en modo preciso los hechos sucedidos, sino también porque aquellos hechos le han hablado y él ha captado el sentido profundo. Entonces el testigo cuenta, no de manera fría y distante sino como uno que se ha dejado poner en cuestión y desde aquel día ha cambiado de vida. El testigo es uno que ha cambiado de vida. 

El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, no es una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones o un moralismo, sino que es un mensaje de salvaciónun acontecimiento concreto, es más, una Persona: es Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos. 

The family constitutes the best “social capital”. It cannot be replaced by other institutions.





Testimonio de Benedicto xvi el día de su retiro
La Iglesia "no es una institución inventada y construida en teoría ... es una realidad viva ... Vive en el tiempo para convertirse en realidad, al igual que todos los seres vivos, por medio de su transformación ... Pero su naturaleza es siempre la misma, y su corazón es Cristo "  . Esta ha sido nuestra experiencia de ayer, creo, en la plaza: Que la Iglesia es un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo y verdaderamente vive por el poder de Dios   Ella esta en el mundo, pero no es del mundo, es de Dios, de Cristo, del Espíritu. 
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    La Iglesia “es de Cristo”  y  “no es una institución inventada, sino una realidad viviente . La Iglesia es un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo y verdaderamente vive por el poder de DiosElla esta en el mundo, pero no es del mundo, es de Dios, de Cristo, del Espíritu.  su naturaleza es siempre la misma, y su corazón es Cristo.  (Benedicto xvi). 28 feb. 2013



Que pidan los fieles para que se apresure, para mi mayor gloria, esta santificación de los sacerdotes en el Santificador único, esa evolución santa por el amor, ese ser todos de María, y todos  para las almas en Mí Para que Yo en ellos, en la tierra, alivie, edifique, perdone y salve.
        ¡Como mi Corazón palpita y ansia esta época de transformación en Mi y de triunfo para mi Iglesia!. ¡Como mis ojos se empañan con lágrimas de emoción, de dicha, de triunfo, de gratitud para con mis amados sacerdotes!.
        Que no piensen en lo que fueron, si desgraciadamente me han sido infieles. ¡Los amo tanto!. Fue, después de mi Madre, lo que mas ame en la tierra, a mis apóstoles; y en ellos vi ya a todos mis sacerdotes futuros y en ellos los ame, y en Mi mismo los amo porque son parte de mi mismo ser.
       

¿No saben que mi Padre los ve como a Mi mismo y que los siento Yo como cosa mía; como si fueran Conmigo un mismo cuerpo, una misma alma, un mismo corazón?.
        Este es mi Corazón para el Sacerdote; su principio amoroso en el seno del Padre, un mar doloroso desde el seno de María y su ocaso glorioso en la bienaventuranza eterna.

Si los sacerdotes transformados en Mi aman con el amor infinito con que Yo amo a mi Padre, con el amor mismo con que El se ama a sí mismo, es decir con el Espíritu Santo; serán perfectos y participaran de la sola y única fecundidad del Padre con más intensidad, con más plenitud,  y serán padres en el Padre, por el Verbo hecho hombre y Sacerdote eterno, y enlazaran esa celestial unión transformante con el infinito y eterno amor, el Espíritu Santo.


 " El amor de Dios (su Santo Espíritu)  el amor mismo con que El se ama a sí mismo que se nos da y que nosotros ofrecemos a los demás”.
Un amor gratuito y sin limite como el de Jesús, que en el Espíritu Santo, se ofreció a si mismo inmaculado a la voluntad salvadora del Padre, nos amo y se entrego a realizarla hasta dar su vida por nosotros en la cruz. Ofrecerme ... y ofrecerlo... amar... amarlo sin limite y dar la vida por los demás.

        
"Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo inmaculado a Dios".


A través de la Iglesia, el Misterio de la Encarnación permanece presente para siempre. Cristo sigue caminando a través de los tiempos y de todos los lugares.
Y si la muerte y Resurrección y Glorificación de Cristo a la derecha del Padre, son causa de Vida eterna para nosotros, realizado su supremo sacrificio, no le quedaba a Jesús otra cosa que perpetuarlo, y lo perpetuo de dos maneras: en al Eucaristía y en las almas. 

  
Por eso el centro del culto católico en la Iglesia es la Misa y con ella la participación mística del sacrificio de Jesús en cada alma: Cristo se une a nosotros, nos incorpora a El , nos comunica su misma vida , conservando su persona, cada uno, vive la misma vida de Cristo para completar su misión: la de salvar al mundo por la Cruz.  

Si la Cruz fue el centro de la devoción al Padre en Jesús, tiene que serlo también en nosotros: Con Cristo estoy crucificado... y vivo, pero no yo, sino que es Cristo el que vive en mi;  la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amo y se entrego a Si mismo por mi. Galatas 2, 19b +20

Cada alma, y de manera muy especial cada sacerdote, debe llevar en si el reflejo intimo de la Cruz, y cada alma debe corresponder al sacrificio de Jesús con su propio sacrificio, para continuar su misión de salvar a las almas por la Cruz.


Feliciano Rosales
28 de mayo de 2015
En la fiesta de :    Jesús
 Sumo y Eterno Sacerdote


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M        S        M      








        

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